Iturra Muñoz, L. (2014). ¿Dónde termina mi casa?. Mirando el hábitat residencial desde la noción de experiencia. Revista INVI, 29(81), 221-248. Como citar este artículo
Dónde termina mi casa? Mirando el hábitat residencial desde la noción de experiencia

doi 10.4067/S0718-83582014000200007

 

¿Dónde termina mi casa? Mirando el hábitat residencial desde la noción de experiencia1

What are the boundaries of my house? A look into residential habitat from the perspective of experience1

 

Luis Iturra Muñoz2

2 Chile. Arquitecto, Universidad de Chile. Magíster en Hábitat Residencial, Universidad de Chile. Docente Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile.


Resumen

La capacidad de conceptualizar el hábitat residencial está ligada a la forma de problematizarlo. Es de este modo que tradicionalmente se ha optado por un enfoque físico-espacial, relacionado a la constitución material y espacial de la vivienda o de los espacios habitables. Esta situación ha producido que el hábitat residencial sea vinculado, básicamente, a la idea de morada, como un espacio delimitado asociado a una forma de propiedad. A partir de un relato auto etnográfico, el presente artículo construye un diálogo entre el concepto de hábitat residencial y la noción de experiencia, planteando nuevas aperturas a la conceptualización, problematización y visualización del hábitat, introduciendo la idea de continuidad e indivisibilidad de la experiencia de habitar. Utilizando una narración de la experiencia personal de vivir en una vivienda, se revisa un marco teórico que permita dialogar entre el concepto de habitar, su vinculación con la experiencia y la relación con el hábitat residencial.

PALABRAS CLAVE: HÁBITAT RESIDENCIAL; EXPERIENCIA; AUTOETNOGRAFÍA; LUGAR; VIVIENDA


Abstract

The ability to conceptualize the residential habitat is related to the different ways in which this can be questioned. This is why the physical-spatial approach, associated with the material and spatial constitution of housing or inhabitable spaces, has been the traditional method to explore this issue. Such a situation has resulted in residential habitat being related to the concept of dwelling as a delimited space associated with some form of ownership. This paper uses a self-ethnographic account to build a dialogue between the concept of residential habitat and the notion of experience, thus offering new possibilities for the conceptualization, questioning and visualization of habitat. Such an exercise introduces the idea of continuity and indivisibility about the experience of inhabiting a given place. Based on the personal experience of inhabiting a house, this contribution reviews a theoretical framework that allows for dialogue between the inhabiting concept and its relationship with both experience and residential habitat.

KEYWORDS: RESIDENTIAL HABITAT; EXPERIENCE; SELF-ETHNOGRAPHY; HOUSING


 

Introducción

Si entendemos el hábitat residencial como una construcción social o un fenómeno, que a su vez se desarrolla como proceso continuo y permanente de conformación de lugares en el territorio, emergen ciertas preguntas que no pueden ser ya abarcadas desde enfoques tradicionales físico-espaciales, centrados en la medición precisa y objetiva, las cuales domestican el espacio y lo vuelven operativo.

Así, enfoques tradicionales, que conceptualizan el espacio de modo fijo, estático y fragmentado, que abandonan la idea de continuidad y centran su análisis y operación dentro de unidades territoriales definidas y delimitadas, no son capaces de indagar en fenómenos urbanos cada vez más móviles y fluidos. Dentro de estas mediciones objetivas, son excluidos por ejemplo la idea del paso del tiempo, la percepción del clima, o la corporalidad.

Lo que pretendo en las secciones que siguen, es generar un diálogo entre el concepto de hábitat residencial y la noción de experiencia, cuestión que realizo a partir de un relato autoetnográfico que me posiciona dentro del hábitat residencial. Es desde esta narración que emergen una serie de preguntas que van des entrelazando diversas hebras en mi experiencia de habitar y para eso me centro en el planteamiento de Ingold, quien comenta que estamos tan preocupados de las cosas que nos ocupan que tendemos a olvidar la experiencia fundacional sobre la cual descansan3.

 

Fotografía 1. Vista desde mi ventana.

Fotografía: Autor

El relato. El habitar, lo familiar y el recuerdo

Mirar desde lo alto en un edificio en el centro de Santiago permite ver una parte de la ciudad. Es posible divisar los cordones montañosos que enmarcan el valle, así como los numerosos cerros. Se puede ver incluso lugares de Santiago donde nunca se ha estado.

Mi ventana se abre al paisaje en un piso 20. Desde ella puedo mirar gran parte de la ciudad que se revela como un paisaje distante, pero presente. Sin embargo, no todo es ver en la inmensidad de la ciudad, es posible a esta distancia apreciar las personas que transitan en las calles más abajo, observar qué ropas llevan, cómo hacen filas para tomar las micros, cómo corren, caminan o se mueven esperando el cambio de la luz de los semáforos para cruzar las esquinas. Mirar desde mi ventana me permite anticipar situaciones futuras en mi día, por ejemplo, puedo saber cómo estará el tiempo atmosférico en algunos de los lugares que visitaré.

La ciudad que observo desde lo alto, es también la ciudad que habito y recorro, el lugar de los conflictos y las negociaciones que realizo en mi cotidianeidad. Es la ciudad que vivo, percibo, siento y trato de capturar.

Mirar el paisaje desde mi ventana genera una tensión entre lo próximo y lo distante, me siento dentro de aquel paisaje, pero también a cierta distancia, “¿Es el paisaje el mundo que vivo o solo una escena del mundo que miro?”4.

El departamento donde vivo está ubicado unas cuadras al sur oriente del centro de Santiago, no tiene más de 25 m2, con dos ventanas que ocupan la mayor parte del muro norte. En este lugar he residido los últimos años, y desde él he observado la ciudad y algunos de sus cambios, siendo el más notorio el crecimiento inmobiliario hacia el sector oriente, lugar al que habitualmente me dirijo. Si pudiera medir la distancia hasta donde es posible observar desde mi ventana, diría que equivale a un viaje de una hora caminando o 20 minutos utilizando el sistema de transporte público. Esta conversión entre el espacio que veo y el tiempo que demoraría en llegar es relevante en mi experiencia, pues los lugares que observo son los mismos que durante años han constituido el destino de mis viajes, así como los habituales desplazamientos en esta ciudad. En un departamento pequeño y con una actividad que ocupa gran parte del día fuera de él, el salir de mi casa5 es una situación cotidiana.

Si tuviera que explicar cuando salgo de mi casa, la respuesta en un inicio resultaría sencilla, es el momento en el cual atravieso el umbral de la puerta y la cierro con dos cerraduras. Sin embargo, esta pregunta podría volverse un poco más compleja de responder, pues ingreso a un pasillo común al que desembocan 7 departamentos en el piso 20, uno de los pisos tipos que componen la torre habitacional de 22 pisos. Volviendo a formular una respuesta, podría decir que salgo de mi vivienda cuando cierro la reja luego de saludar al conserje 20 pisos más abajo, llego a la calle y comienzo a caminar. Puedo detenerme acá un momento y formular la pregunta ¿en qué momento, entonces, salgo de mi casa?. Para responderla posiblemente se usarían variables físico-espaciales, por lo tanto, las referencias que tengo para definir cuando salgo, cambian según mi punto de observación.

 

Figura 1. Dibujo en planta de mi casa

Fuente: Autor y colaborador

 

Figura 2. Dibujo en planta de mi casa en el contexto del piso tipo de mi edificio

Fuente: Autor y colaborador

 

Al salir habitualmente, camino hacia el oriente de la ciudad, tomando un recorrido que me conduce hacia una avenida enfrentando un hospital de unos cinco pisos, el cual oculta la cordillera y los árboles que existen en el parque tras él. Conozco de su existencia porque he estado bajo ellos y los he mirado desde de mi ventana. Al igual que la cordillera, este espacio es parte de mi experiencia aunque no pueda recorrerlo en este trayecto particular.

La estación de Metro6 más cercana está a dos cuadras, también puedo verla desde mi ventana, y se ubica junto a un paradero terminal troncal de Transantiago7, por lo que es posible ver las filas de personas a distintas horas esperando subir a las micros8. Cada mañana las personas salen del metro y el volumen de gente que emerge es muy superior al que ingresa; para entrar tengo que moverme a través de una masa de gente que camina en sentido contrario a mí. Como camino hacia el oriente –posición desde donde llega la luz del sol a la hora en la cual viajo– las personas se presentan solo como siluetas, con sus rostros y expresiones en sombra, difícilmente reconocibles. Es este fenómeno el que realiza una marcación temporal en mi vida cotidiana. Si elijo otro horario u otro destino, este fenómeno desaparece, no hay ni siluetas, ni personas caminando contra mí, ni filas en los paraderos, el tiempo que elija para viajar traerá a mi experiencia una espacialidad distinta.

Luego ingreso al metro, escaleras, boleterías, torniquete, escalera nuevamente, andén y vagón. Viajo 15 minutos de manera subterránea y emerjo en una estación en el oriente de la ciudad. Algunas veces compro comida en la cafetería del subterráneo que voy comiendo mientras camino bajo los árboles de esas calles –cuyas copas puedo observar desde mi ventana–.

Atravieso el río, desplazándome hacia el oriente, entre los árboles puedo ver las torres que he apreciado desde mi ventana y que van constituyendo otra forma de saber en que punto estoy de mi viaje. También en su crecimiento, me indican el paso del tiempo, y puedo referenciarlas al tiempo que he vivido en mi casa. Unas cuadras más adelante está mi trabajo.

 

Fotografía 2. Sombras y siluetas en la calle

Fotografía: Autor

 

Podría preguntar, entonces, ¿cuál es mi barrio?, cuestionamiento infructífero en este momento, las definiciones posibles de éste concepto se escapan en su complejidad. Si convierto la pregunta en ¿cuál es el entorno de mi vivienda?, las respuestas se vuelven más concretas, sin embargo, múltiples. Este entorno es el pasillo donde, algunas veces, encuentro a vecinos de piso; la salida del hospital y un sector del parque, son también las filas de personas que bajan y suben las escaleras del metro; son los desconocidos con rostros fugaces en las mañanas, y también son los árboles al emerger del metro y las torres ubicadas kilómetros más allá.

El entorno inmediato de mi casa es al mismo tiempo la ciudad.

 

Fotografía 3. Las cercanías de la torre que observo desde mi ventana

Fotografía: autor

 

El hábitat residencial y la experiencia

Las preguntas anteriores constituyen la paradoja que aborda este articulo, la cual se relaciona con el vínculo entre hábitat residencial y experiencia. Cuando se intenta establecer un punto desde dónde discutir o indagar sobre el habitar surge el problema de los límites, de los contenedores, el abarcar los lugares habitados en delimitaciones espaciales. No solo el espacio ha corrido esta suerte, el tiempo en el cual habitamos, ha intentado ser también delimitado, en construcciones culturales como los años, las horas, o los segundos9. Ambas situaciones traen consigo la carga de la instrumentalización con fines operativos, de aquellas situaciones que en lo cotidiano se desarrollan imbricadas dentro de lo familiar.

Esta instrumentalización en el modo de mirar y estudiar el habitar, ha dejado de lado la continuidad inherente en el devenir de la existencia humana. Este artículo plantea, que este habitar se desarrolla, por el contrario, en una continuidad, como un proceso en el cual se van articulando una serie de lugares en el tiempo y el espacio.

 

Lo rígido y la construcción de lo continuo. El problema

En “La invención de lo cotidiano”, Michel de Certeau ve Manhattan desde el piso 110 del World Trade Center, mira la ciudad que se mueve bajos sus pies y se pregunta “Dónde se origina el placer de ‘ver el conjunto’, de dominar, de totalizar, el más desmesurado de los textos humanos.”10

Para él, subir y ver desde lo alto es “Separarse del dominio de la ciudad. El cuerpo ya no está atado por las calles que lo llevan de un lado a otro según una ley anónima”11. Apreciar la ciudad desde lo alto transforma al espectador en un mirón12 puesto a distancia de lo que mira. Es esta idea, del espectador observante, la que llevó en un comienzo, a tratar de dominar lo observado, se inventó por ejemplo la perspectiva, que no es sino una técnica para ofrecer sobre un lienzo un retrato realista y plausible del mundo13.

Es esta concepción donde el cuerpo es separado de la experiencia, la cual ha llevado a considerar al espacio solo dentro de una de sus posibles visiones de él, la cual corresponde a una creada desde el intelecto. Esto ha dominado el pensamiento contemporáneo de la ciudad y ha fascinado a planificadores e investigadores y congelado la ciudad para su disección; en este sentido, las ciencias han “Fragmentado el espacio para estudiarlo con cada uno de sus métodos”14. Esta manera de mirar, fundada en la “Creencia de una realidad externa y objetiva, dócil a las mediciones precisas y descriptivas”15, ha delimitado la realidad y generado la noción de un espacio contenido.

Dentro de este paradigma, la pregunta planteada con anterioridad, ¿en qué momento salgo de mi casa?, puede ser contestada situando a la vivienda dentro de los espacios producidos en la planificación urbana, pues la vivienda y su entorno, están dentro de un espacio que surge como consecuencia de esta planificación. Es ésta forma de pensar la que previamente intentó domesticar el espacio de la ciudad, y dio como resultado un espacio “Cuantitativo, geométrico y matemático”16, subordinado a una situación de propiedad, donde “Cada fragmento del espacio tiene su propietario”17, por lo tanto, se está fuera de la casa cuando se traspasan, físicamente, los límites de la propiedad coincidentes, en este caso, con los límites físico-espaciales de la vivienda.

Puesto en este contexto, este espacio-casa, es posible estudiarlo aislándolo del ambiente, tanto estableciendo un dentro y un afuera de la vivienda, como también, entendiendo el espacio vivienda delimitado como un objeto puesto en una posición en el espacio de la ciudad. Así, el entorno de la vivienda, responderá a otro espacio urbano delimitado de manera geométrica18.

Esta forma de concebir el espacio, que podría ser considerada como la forma tradicional, es la que ha permitido describirlo ampliamente, pero también, es la que ha producido su dominación e instrumentalización. Surgen, por ejemplo, los mapas como una forma de representar esa dominación19.

¿Qué ocurre entonces con la ciudad que se observa desde la ventana?, ¿es este paisaje, parte de la vivienda?. Dentro de un espacio conceptualizado como el descrito, el paisaje no está circunscrito dentro del espacio físico de ésta, es más, está completamente afuera de éste, tampoco está dentro del dominio de la propiedad —no es posible privatizar el espacio que se observa– según esto, aquel paisaje no pertenece a la vivienda.

Sin embargo, la relación vivienda/paisaje, no puede estar condicionada por la dualidad dentro/afuera, lejano/cercano, público/privado y no es posible delimitar tan perfectamente el espacio, se desvanecen así los límites de él.

Este proceso de volver a pensar el espacio no está solo en este fenómeno, algunas investigaciones establecen nuevas maneras de construir la experiencia de habitar como una interconexión y de-territorialización, la cual se puede observar, por ejemplo, en el campo del trabajo donde las personas se vuelven continuamente móviles y empleados remotos y consultores están trabajando más desde sus casas, disolviendo las fronteras entre trabajo y hogar20; según esto, re-conceptualizando las visiones en la dualidad público/privado, donde más que una posición en un territorio estático se enfatiza la fluidez en términos de dónde y cuándo ocurren los momentos públicos o privados21; o es posible establecer que en las sociedades contemporáneas, crecientemente móviles, la concepción de lugarización, al ser vista desde la experiencia cotidiana, necesita ser actualizada22.

Surgen también planteamientos en los cuales las interrelaciones ocurren en movimiento, llenando espacios que habitualmente se consideraban vacíos según el pensamiento tradicional23, lo que se fundamenta en nuevas conceptualizaciones del espacio, por ejemplo, la desarrollada por Massey, quien plantea que el espacio es el producto de interrelaciones, posibilitador de la existencia de multiplicidades y siempre en proceso de construcción24.

Nos enfrentamos, por tanto, a un cambio en el modo de conceptualizar el espacio y el habitar, constituido por el paso desde un enfoque rígido y estático, a uno más dinámico y abierto que involucra al sujeto y su manera de vivirlo.

Dentro de una investigación de hábitat residencial, las escalas territoriales25 que arbitrariamente han diseccionado el territorio26 para su análisis y operación 27, al estar contenidas dentro de un espacio conceptualizado de forma estática y rígida, necesitan ser cuestionadas.

Resulta interesante el relato inicial de la ventana, pues por una parte, el paisaje presente parece no estar incluido dentro de lo que se puede establecer como la escala de la vivienda, sin embargo, sin aquel paisaje, la particularidad de la experiencia de habitarla desaparece, es imposible concebir esa vivienda sin el paisaje observado. Lo mismo ocurre en el trayecto descrito, donde al pasar de la vivienda a la ciudad, se convierte en una experiencia única y personal de habitar, siendo difícil definir cuál es el entorno inmediato o en qué momento se está fuera de la vivienda, o ingresando en el barrio y saliendo a la ciudad. La búsqueda por encontrar una manera de mirar el proceso de habitar y encontrar formas de visualizar su construcción, es la se expondrá en los siguientes apartados.

 

El hábitat residencial, más que conectar puntos

Conceptualmente es posible definir al hábitat residencial como “proceso en permanente conformación de lugares en distintas escalas referidas al territorio, que se distinguen por una forma particular de apropiación, dado por un vínculo cotidiano con unidades de experiencia singulares”28. La relación que este proceso tiene con el territorio y con la experiencia hace relevante rastrear este vínculo, y se convierte en el punto de partida de esta discusión.

Según Jirón, para algunos investigadores los lugares son esos puntos donde las personas se dirigen por algún propósito o función particular, significándolos y otorgando un sentido a individuos o colectividades29, sin embargo, la noción de lugar como sentirse en casa, arraigado o vinculado se ha cuestionado.

En un enfoque tradicional, al representar y definir cómo estos puntos se desarrollan en el territorio, se vuelve a mirar desde la ventana en lo alto, se separa al cuerpo de la experiencia de habitar y recorrer estos lugares, se observa el espacio básicamente a través de mapas, representaciones espaciales, formas icónicas de un modo de encontrar orden, como una representación de una estructura esencial30. En estos, el observador se mantiene invisible, externo y por sobre el objeto que observa. Todo esto da la impresión que el espacio es solo una superficie, una completa horizontalidad. Sin embargo, esta construcción de lugares se establece dentro de una “Esfera de una simultaneidad dinámica, constantemente desconectada por nuevas llegadas, constantemente esperando a ser determinada, siempre indeterminada por la construcción de nuevas relaciones”31, constituyéndose así como un espacio siempre en desarrollo, un espacio donde todo se mueve y crece32.

Hay que hacer frente entonces, a un escenario en permanente construcción, donde la manera de conceptualizar y representar el modo en que las personas habitan se ha vuelto un continuo cuestionamiento33. Se observa así el problema y la dificultad de contar con conceptualizaciones de un espacio que ven a la ciudad de forma estática e inmóvil, con los cuales debemos estudiar fenómenos cada vez más móviles y fluidos, “El cambio es la cualidad de la vida en la ciudad y de la existencia urbana moderna. Cambio y ciudad, de hecho, podrían ser definidas por la referencia de una frente a la otra”34.

El cambio trae la variable temporal a la discusión, el cambio, como devenir y proceso puede ser observado desde la experiencia, por lo tanto aproximándose a ella es posible develar las pistas en esta condición donde tiempo y espacio trabajan en conjunto; unidad conceptualmente definida como tiempoespacio35. Esta situación en la cual tiempo, espacio y territorio se unen, pueden quedar contenida en la definición de hábitat residencial, siendo este el punto de partida.

 

El hábitat residencial y el territorio. El devenir de la experiencia

Habitar es más que ocupar una vivienda o un espacio específico, del mismo modo, habitar es más que tener solo un alojamiento o morada36, habitar es un proceso dinámico cuyo fin es el humanizar un área espacial determinada para poder vivir en ella37; en este sentido, habitar “Es el producto de un proceso de conformación en el cual los seres humanos intervienen directa y activamente, encontrándose profundamente relacionado con todos aquellos ámbitos en los cuales éstos se desarrollan”38. El habitar se posiciona alejado de una mera ubicación espacial y confinamiento dentro de un refugio. Siguiendo esta idea es posible discutir la forma cómo se ha fraccionado el territorio en áreas espaciales, para determinar cómo se habita en ellas.

Conviene comenzar la discusión y comprensión del concepto de hábitat residencial, sin pretender agotarlo o cuestionarlo, sino, tomando una postura e iniciando el trayecto desde y hacia una definición apropiada. Es pertinente comenzar con la definición propuesta por el Instituto de la Vivienda el año 2005:

“[El hábitat residencial es] el resultado de un proceso en permanente conformación de lugares en distintas escalas referidas al territorio, que se distinguen por una forma particular de apropiación, dado por un vínculo cotidiano con unidades de experiencia singulares, potenciando relaciones de identidad y pertenencia, a partir de lo cual el habitante lo interviene y configura.

En tales términos el hábitat residencial, más que una realidad preexistente o “natural”, es producto de un proceso de construcción social en el cual los seres humanos intervienen directa, activa y progresivamente mediante la incorporación de distintas formas de organizaciones socioculturales, territoriales y político económicas.”39.

Tres ideas aparecen en esta definición, el concepto de territorio, la noción de experiencia y el reconocimiento de un proceso de producción social del hábitat residencial. Sin embargo, esta definición se funda en la relación presente entre estos conceptos, los cuales han estado en una constante discusión y revisión.

Tomando como referencia inicial el trabajo elaborado por Sepúlveda, Torres, Caquimbo, Lange y Zapata40 del Instituto de la Vivienda, enmarcado en realizar una sistematización conceptual, el primer acercamiento al concepto de hábitat residencial, data de fines de la década de los ochenta, refiriéndose a dos aproximaciones:

La primera establece al hábitat residencial en relación al “Conjunto de viviendas próximas cuyos residentes disponen de espacios públicos y servicios de equipamiento común, lo cual permite la realización de actividades colectivas y la creación y desarrollo de sentimientos de comunidad”41. La segunda, hace referencia al hábitat residencial urbano como “El ambiente físico-espacial y social generado por el asentamiento de un conjunto de personas en un área específica de la ciudad”.”42

Con un sesgo positivista, ambas definiciones ponen la discusión en términos físico-espaciales, la primera referida esencialmente a un enfoque habitacional del hábitat residencial, expone que la vida de las personas transcurre en los entornos próximos a la vivienda; y la segunda, con un planteamiento de zonas urbanas, manifiesta que el hábitat residencial de sus habitantes está en el área de la ciudad donde se establece el asentamiento.

Siendo consciente de las limitaciones de este enfoque, y en una búsqueda por ampliar esta óptica habitacional, la definición del concepto de hábitat residencial se ha apoyado en distintas aproximaciones que permiten desarrollar una conceptualización más apropiada, así, desde una perspectiva de componentes físico espaciales y sociales, De la Puente, Muñoz y Torres43, establecen que el hábitat residencial posee por una parte, aquellos componentes de carácter físico espacial que incluyen los elementos propios del ambiente natural así como los construidos por sus ocupantes, apareciendo la idea de producción del hábitat y, por otra parte, los de carácter social, entre los cuales destacan los sentimientos de identificación y arraigo con el lugar, la generación de formas de pertenencia fundadas en el establecimiento de vínculos sociales de carácter comunitario y los niveles de satisfacción alcanzados por sus habitantes.

Esto se ha complementado considerando dos elementos relacionados: las escalas territoriales, y los actores sociales. Respecto a las distintas escalas territoriales en las que el hábitat residencial se produce, estas se relacionan con un conjunto de factores que son propios de cada contexto territorial y condicionan morfológica, funcional y simbólicamente las formas que adoptan los componentes físico-espaciales y psico-sociales44. La relevancia que el contexto ejerce en el lugar donde se inserta el hábitat, le otorga una singularidad y particularidad, que lo diferencia respecto a otros, parece relevante el enunciado de Peck, quien establece que las escalas no están dadas de antemano sino que son la expresión de las relaciones sociales, relaciones escalares que son necesariamente relaciones de poder45.

Respecto a los actores sociales que intervienen en la producción del hábitat residencial, y diferenciados por el modelo de gestión se obtienen: los sistemas públicos tradicionales, orientados por decisión estatal; los sistemas privados tradicionales, orientados por decisiones privadas; y los sistemas alternativos, referidos principalmente a la autogestión, individual o colectiva. Con esto queda enunciada la presencia de una finalidad determinada que esta presente en toda intervención del medioambiente, sea esta explícita o implícita.

Si hay un concepto transversal tanto en la aproximación referida a componentes físico espaciales y sociales, como en la refeida a los elementos anteriormente descrita, es lo referido a la noción de territorio, tanto el ambiente natural en su modificación, el construido en su producción, y los sentimientos de arraigo e identificación están vinculados a él; o los factores del contexto territorial en las escalas o la intervención en el medioambiente. De este modo, la idea de un territorio en el cual el hábitat residencial es producido, se vuelve central.

Detengámonos entonces un momento en este punto, ¿Qué es entonces este territorio en el cual se habita? Según Restrepo, el territorio es el “Espacio construido por los grupos sociales a través del tiempo, a la medida y a la manera de sus tradiciones, pensamientos, sueños y necesidades, territorios que significan mucho más que espacio físico poblado por distintas formas de vida que se relacionan, cooperan y compiten entre sí; lo que permite concebir al territorio como un campo relacional”46. De este planteamiento se vuelve relevante la idea de un territorio que es construido, y que esta construcción posee una variable temporal al desarrollarse a través del tiempo. Es esta capacidad humana reflejada en la posibilidad de dar forma y organizar el espacio habitado, la que puede expresarse como la capacidad del grupo social para establecer delimitaciones significativas sobre el espacio que habita47.

Este dar forma y otorgar significado, es la que permite comprender el correlato existente entre los conceptos de hábitat y territorio48, es así como una definición que agrupa lo anterior queda establecida en la explicación que entrega el INVI, según ésta, el territorio es entendido como el “Espacio delimitado por un conjunto de variables políticas, sociales, económicas y culturales definidas por los miembros de una sociedad y donde las acciones o actividades humanas se concretizan e integran, manifestándose en distintas unidades escalares”49. Sin embargo, la noción del transcurso del tiempo planteada por Restrepo, tampoco está presente con claridad, quedando solo débilmente incluida en la relación establecida con las actividades humanas.

Si en búsqueda de esta temporalidad perdida, se abre la discusión al concepto de territorialidad, entonces es posible encontrar lo planteado por Delgado, según este, la territorialidad es la “Identificación de los individuos con un área que interpretan como propia, y que se entiende que ha de ser defendida de intrusiones, violaciones o contaminaciones”50. Esta idea de territorialidad, cuando es vinculada a la noción de existencia humana, viene a reconsiderar la variable temporal asociada al territorio, pues la identificación de los individuos se desarrolla en un periodo de tiempo relacionado con la duración de los días, o la alternancia de las estaciones, o el crecimiento y cambios en el entorno, cuestión que se expresa en la experiencia particular de habitar.

Según Jirón et al., las relaciones establecidas en el hábitat residencial son iterativas y dinámicas, al ser parte de procesos sociales, que le asignan una variable compleja al estudio y análisis del hábitat residencial51; por lo tanto para establecer la relación con la experiencia es fundamental salir a la búsqueda de esta iteración y dinamismo, la cual permitirá recobrar el tiempo perdido52 y sentar las bases de una inclusión de la variable temporal en la discusión territorial que permita comprender el proceso desde habitar.

Planteada la discusión en la búsqueda de los elementos que permitan comprender esta complejidad y así complementar la idea de hábitat residencial, es pertinente centrar la atención en los aportes que la noción de experiencia puede otorgar.

 

La intromisión de la experiencia

La experiencia, como un revelador de lo dinámico, se puede atribuir a que está anclada en el lado activo de las relaciones humanas presentes en el hábitat residencial. Considerando esta vinculación Duhau y Giglia, asignan a la noción de experiencia corresponder al lado dinámico de la cultura pues se establece como “La vinculación entre, […] los horizontes de saberes y valores –las visiones del mundo– y […] la dimensión de las prácticas sociales, ancladas en contextos situacionales”53.

Siguiendo en la misma línea y relacionándolo con lo cotidiano, Alain Bourdin propone una noción de experiencia que

“Reenvía a los actores, individuos u organizaciones, y a la manera de cómo estructuran las relaciones entre las diferentes situaciones que atraviesan. En el trabajo, luego con su familia, en el lugar de esparcimiento, participando en una ceremonia religiosa, o enfrentándose a un acontecimiento imprevisto, ¿de qué manera el individuo (o en otros casos el grupo) moviliza sus recursos cognitivos de relaciones y económicos para hacer frente a esas diferentes situaciones? ¿Cómo otorga sentido a cada una de ellas y a su sucesión? ¿Cómo construye saberes y significados a partir de esas situaciones sucesivas? Pero también, ¿cuáles cuestiones surgen de esas situaciones, cuáles dilemas y retos para el actor? ¿De cuáles recursos lo proveen y por ende cómo influyen en su comportamiento y la construcción de marcos interpretativos?”54

Desde la creación artística, parece notable lo que menciona, acerca de la experiencia, el fotógrafo japonés Daido Moriyama55, “lo más importante acerca de ella, es que se representa a sí misma de una manera diferente cada vez. […] La experiencia es sin fin, inagotable”56.

Es así como es posible establecer la idea de experiencia, como el elemento dinámico de las actividades humanas que permite hacer frente a las diferentes situaciones de su existencia y, cuya importancia radica en otorgar sentido, construir saberes y significados a estas situaciones sucesivas, aspectos que influyen en el comportamiento y modo de interpretar la realidad. La experiencia, por esta razón, no es una situación aislada, sino que es el resultado de una serie de eventos que se suceden en el tiempo.

Para acercarnos a la noción de experiencia espacial de habitar, se puede comenzar con la idea de la experiencia de estar-ser en el mundo57 que plantea Heidegger, y la relación que ésta tiene con la espacialidad. Para Heidegger, estar-ser es siempre en un mundo que le es co-originario y constituido mutuamente, y por lo tanto, la existencia humana tiene su propia espacialidad, es decir, estar-ser en el espacio58, aun cuando no es solo referida al espacio físico de la corporalidad, sino también a uno existencial, la noción de experiencia espacial usada para este artículo no abarca un nivel ontológico de la espacialidad, sino más bien, se circunscribe a estar-ser en el mundo, como un cuerpo físico que se relaciona con las variables físico-espaciales, materiales y temporales de la realidad. En este sentido Heidegger establece que, “El espacio está fragmentado en los lugares propios. Pero esta espacialidad tiene, en virtud de la totalidad […] su unidad propia. […] Cada mundo particular descubre siempre la espacialidad del espacio que le pertenece”59.

Esta idea de particularidad y pertenencia, es fundamental en la noción de experiencia espacial. Parece entonces adecuado para un estudio de hábitat residencial, usarla de este modo y establecer su relación con el territorio. El antropólogo Tim Ingold, ha tratado de establecer desde su disciplina, una diálogo con otras –especialmente Geografía Humana, Arquitectura, Arte y Arqueología–, abordando el tema desde la experiencia y la existencia humana, en correspondencia con el entorno y el territorio. Para referirse a la experiencia de estar en un espacio, él propone un juego de ideas que permitan entender la diferencia entre “navegar”60 y “encontrar una ruta”61. La primera, corresponde a “Una colección de técnicas para responder un número acotado de preguntas, quizás la más importante sea ¿dónde estoy?”62. Para desarrollar esta acción hay un correlato entre un instrumento cartográfico –mapa, carta de navegación, etc.; construidas en base a un territorio domesticado– y una serie de elementos notables en el entorno, hitos, que permiten ser referenciados desde el instrumento y poder marcar en él yo estoy aquí. No es necesario el haber estado con anterioridad en ese lugar, ni siquiera conocerlo. Por su parte de encontrar el camino, se puede explicar como cuando:

“[Se está] en un lugar familiar, y en la compañía de un extranjero […] en el cual nos hace la misma pregunta ¿Dónde estamos?. [Es posible] partir respondiendo cómo se llama ese lugar. Pero luego, notando que ese nombre por sí solo quizás no sea muy esclarecedor, [se puede] contar una historia sobre aquel lugar, sobre su propia relación con él, sobre cómo otras personas lo han vivido y visitado y de las cosas que les han pasado a ellos. En este caso, no es necesario recurrir a un mapa […] en este sentido saber el presente de donde se está no tiene nada que ver con fijar una posición en el espacio” 63

La experiencia espacial no es entonces domesticar el espacio ni el territorio, es en este sentido lo que Ingold llama encontrar una ruta, entendido como una habilidad que posee quien habita el territorio, y mediante la cual, “ha visto continuamente reajustados sus poderes de percepción y acción sobre él mediante múltiples experiencias previas”64. Esta noción de una experiencia que no está fija en un territorio, lleva a cuestionar el modo en el cual se ha entendido la espacialidad. Para Ingold, habitar un punto en el espacio no otorga la experiencia de estar en él, para producir esta experiencia, se necesita estar en una o varias trayectorias65; en ese sentido comenta:

“La vida es vivida, pienso, en trayectorias, no solo en lugares, y las trayectorias son líneas de algún tipo. Es en estas trayectorias, que las personas crecen en un conocimiento del mundo que los rodea, y describe ese mundo en las historias que cuentan”66

A partir de esta idea es posible hacer la distinción entre el modo tradicional de observar cómo se ocupa un territorio, comparada con la idea de la experiencia espacial de habitar ese territorio. En el modo tradicional, la vida que se desarrolla en una trayectoria, ha sido convertida en una vida en la cual la trayectoria se ha fraccionado en puntos contenidos dentro de límites, contenedores de espacio, dividiendo esta trayectoria en dos experiencias distintas. En una está la experiencia de estar en estos contenedores espaciales. Se podría establecer acá los estudios particulares para determinadas unidades espaciales, por ejemplo los estudios de hábitat y habitabilidad dentro de las casas, oficinas, espacio público o el estudio de barrios. La otra experiencia es la vivida al unir los contenedores. De este modo, la experiencia espacial que se desarrolla de un modo continuo y que crece y evoluciona en el tiempo, ha sido reemplazada por una sucesión de experiencias puntuales, momentos, en donde nada crece o evoluciona67.

 

Figura 3. Línea conectora

Fuente: Ingold, 2007, p.74.

 

Para graficar y poder entender esto, Ingold logra construir un idea basada en la semejanza de estas trayectorias a líneas, en la cual, básicamente hay dos tipos. El primer tipo son las llamadas conectoras68 que se forman al enlazar una sucesión de puntos; el segundo tipo de líneas, son los trazos69, que se forman como una representación exacta del movimiento que los produjo.

 

Figura 4. Línea Trazo

Fuente: Ingold, 2007, p.72.

 

En este sentido, la experiencia es una continuidad que no puede ser dividida o fragmentada para ser apreciada y comprendida. La experiencia entendida como aquel trazo que reproduce el movimiento que lo crea, que no une puntos sino que trae a la realidad lo original de su conformación,es la que se está presente en el hábitat residencial, ésta se imprime en el sujeto y tal como el espacio es producido por él, otorga una manera de concebir tal hábitat, lejos de los contenedores presentes en las unidades espaciales con los que se analiza el territorio. La idea de una experiencia espacial definida como tal, incluye la variable temporal, la recobra para posicionarla en la definición del dónde estoy ahora, ubicando las respuestas no solo en un plano cartesiano, en una espacialidad estática o en un territorio controlado, definido y geométrico.

Trazado un viaje desde el territoriomirado a través de la experiencia, ¿qué aporta esta noción al hábitat residencial? Para esto es necesario comenzar estableciendo que las experiencias que dan significado a la vida, y le dan color a la existencia, en el contexto anteriormente planteado, son “Comúnmente trivializadas y excluidas en pos de la búsqueda de un conocimiento”70. Si se regresa al planteamiento de Heidegger71, habitar, no es estar dentro de, sino más bien, familiarizarse con, surge entonces la paradoja que, para poder conceptualizar y problematizar el hábitat y su relación con la experiencia nos enfrentamos al inconveniente de lo que Giannini menciona como la invisibilidad de las cosas próximas y familiares, las cuales “Por el hecho de contar con ellas, de ‘tenerlas a la mano’, ni siquiera las divisamos”72. En una línea similar, Tuan73, relaciona la idea de lo familiar con el origen de los afectos, los cuales nos protegen de las perplejidades del mundo exterior. Estos afectos que son construidos en el tiempo devuelven la idea de una experiencia espacial que es construida dentro de un proceso temporal, que nos hace consientes del pasado.

En el siguiente apartado se expondrán brevemente la relación entre experiencia espacial y hábitat residencial, como proceso. El dialogo se establecerá a partir de la consideración de los planteamientos anteriores, por lo tanto haciendo frente por un lado, a la idea de la invisibilidad de las cosas próximas y lo familiar, y por otra parte, a la construcción de los afectos, que para este caso será comprendida como la consideración del paso del tiempo y la conciencia del pasado.

 

Una aproximación etnográfica

Para construir el dialogo entre experiencia espacial y hábitat, es apropiada una aproximación etnográfica pues posee la particularidad de hacer visible la acción de los sujetos en la construcción de su entorno74. Sin embargo entendiendo que el término etnografía hace referencia a un rango amplio de prácticas de investigación cualitativa que incluyen por ejemplo, observación activa, entrevista, técnicas de investigación participativa, entre otras, se considera como elemento central la idea de la aproximación etnográfica como una forma de producción de conocimiento, por sobre la medición objetiva de la realidad75

En efecto y como señala Pink:

“Lo que se busca [la etnografía] no es producir un reporte objetivo y verídico de la realidad, sino que su objetivo está en ofrecer versiones de las experiencias de la realidad de los etnógrafos lo más fiel posible al contexto, negociaciones e intersubjetividades a través de las cuales se produce el conocimiento pudiendo contar con métodos reflexivos, colaborativos o participativos[…]”76

“[La etnografía] no es tanto sobre la captura de datos que hace el investigador para luego analizar, sino del proceso de unirla, que involucra la acumulación de maneras encorporadas[77] de conocimiento generado no simplemente a través de intercambios verbales, sino también, por ejemplo, compartiendo tazas de te o café, sillones confortables, olores, texturas, sonidos e imágenes”78

De estas aproximaciones a la captura de la experiencia, es posible obtener la importancia que ésta trae para el estudio del hábitat residencial, las cuales radican fundamentalmente en el uso de la experiencia para develar la forma en que este proceso se va articulando en el territorio, a través del tiempo79.

El hábitat residencial, como proceso, posiciona la experiencia espacial de habitar no solo dentro del contenedor vivienda, estableciendo una relación con el paso del tiempo a través del continuo devenir de la vida en relación a la vinculación con determinados espacios y elementos del hábitat que van cambiado en el transcurso de ella.

 

Autoetnografía y el registro de la experiencia

Volviendo al relato auto etnográfico inicial, pondré como ejemplo la calle y las distintas esquinas que aparecen al descender del edificio de viviendas donde vivo, e iré relacionando las formas de trabajo con mi experiencia de habitar y la discusión precedente.

Para hacer visible aquello que se oculta en lo familiar, capturé una serie de imágenes durante el tiempo que mi vida transcurre80, de este modo lo trivial y familiar es despojado de su proximidad y se hace visible.

 

Fotografía 4. Esquina de mi casa en tres momentos distintos (21 de septiembre de 2011, 12 de enero de 2012, 7 de febrero de 2012)

Fotografía: autor

 

Fotografía 5. Días de feria (8 de abril de 2011, 7 de octubre de 2011)

Fotografía: autor

 

Fotografía 6. Filas de las 9 (22 de marzo de 2011, 2 de diciembre de 2011)

Fotografía: autor

 

Una de aquellas esquinas, modificada en su condición físico-espacial, puede ser comprendida y vinculada con mi construcción de afecto y construcción de pasado, al ser reconstruida la historia que origina las modificaciones espaciales particulares, y de la cual soy testigo. En este caso, el poder ser consiente del pasado que construye el estado final de esa esquina, imprime ese lugar en mi experiencia espacial de habitar, esa esquina es ahora conocida para mí, y contar su historia me sitúa en la que Ingold establece como encontrar una ruta.

Del mismo modo y ahora teniendo en cuenta determinadas prácticas repetitivas que se desarrollan en el entorno cercano, es posible identificar eventos que componen parte de mi hábitat y que no necesariamente se relacionan con la presencia física o material que lo genera, por ejemplo el caso de las ferias que se ubican a algunas cuadras de mi casa, las cuales pueden ser comprendidas como parte del habitar, no solo por la manifestación físico espacial de los feriantes y sus productos, sino por ejemplo, por el encuentro cotidiano y familiar con personas que llevan sus carros para realizar las compras, lo cual además posiciona esa práctica particular en un día determinado de la semana, es decir, hace una marcación del tiempo, así la experiencia espacial de habitar se vincula y dialoga con la feria aun sin estar mi cuerpo presente en la calle donde se desarrolla.

También, un espacio conformado y delimitado por la práctica y las personas que la desarrollan, me vincula a la construcción de una experiencia espacial determinada, que posiciona mi relación afectiva con esa porción de la ciudad y un momento del día determinado donde soy capaz de reconocer la hora en la cual esa espacialidad determinada, es producida.

En vista de lo anterior, es posible abrir la definición inicial de hábitat residencial y mirarla desde la experiencia, estableciendo que: el resultado del proceso permanente de conformación de lugares en distintas escalas referidas al territorio, ocurre en un territorio no diseccionado en contenedores espaciales delimitados, y en un tiempo y un espacio particular, que tienen sentido al ser comprendidos como un ente conjunto, lo que los geógrafos May y Thrift81 denominan el tiempoespacio; de este modo, la experiencia singular que se vincula en lo cotidiano con formas particulares de apropiación, responde a la experiencia particular de habitar, sucesiva y acumulativa, permitiendo con esto entender lo dinámico en la producción del hábitat residencial.

 

A modo de conclusión

Leer el hábitat residencial desde la experiencia, permite establecer un diálogo con otras maneras de comprender la espacialidad y los lugares. Así la respuesta a ¿dónde termina mi casa?, queda establecida tanto por variables físico-espaciales, como temporales, pudiendo ser complementada con la pregunta ¿cuándo termina mi casa?

Pasar desde el dónde al cuándo, pone el diálogo en relación a momentos particulares relacionados a espacialidades determinadas, pudiendo ser estos en espacios delimitados o en movimiento82. En efecto, al considerar la experiencia de habitar el dónde termina mi casa, se sitúa en una visión racional83, y es por esta razón que para un enfoque tradicional la casa termina en los muros, o en sus límites físicos, sin embargo, esto ocurre pues, como comenta Tuan, en la dificultad de una definición es habitual tratar de suprimir aquello que no puede expresarse, enfrentándose a la situación en la cual planificadores y activistas, es decir los hacedores, encasillan estas experiencias que se resisten a ser comunicadas a un ámbito privado y por lo tanto sin importancia84.

Leer lo privado, lo cotidiano, lo íntimo en el habitar, es lo que enriquece las maneras de comprender el hábitat residencial, y esta forma de comprensión se sitúa en un enfoque fenomenológico que permite leer el habitar desde ella, devolviendo así la idea de estar en el mundo en la cual el habitante hace cuerpo la espacialidad y el tiempo, y va generando su propio lugar en el mundo85. Por eso la técnica etnográfica y autoetnográfica puede ser de crucial importancia para retratar y obtener información que permita develar y relevar situaciones y elementos del habitar que con enfoques mas rígidos y convencionales pasarían desapercibidas.

En este sentido, quiero relacionar la idea que estas situaciones como momentos que ocurren dentro de lo banal y cotidiano, que para Giannini a pesar desde su insignificante apariencia superficial, abren el acceso a una reflexión sobre aspectos esenciales de la existencia humana86. ¿Dónde termina mi casa?, como pregunta, se sitúa en esta condición cotidiana, y es desde esta condición que es posible leerla.

Es en esta vida cotidiana, mi casa termina en el mismo lugar donde termina la casa de los otros. Entonces, ¿cuál es este lugar del otro?, ¿a quién le pertenece? Es aquel que se genera en el terreno donde ocurre la diferencia, lo que Certeau menciona como el problema teórico y práctico de la frontera; es un intervalo, un espacio entre dos creado por la paradoja que “Los contactos, los puntos de diferenciación entre dos cuerpos son también sus puntos en común”87, la incapacidad de comprender esta parte de la vida cotidianaapoyada en la visión instrumentalizada del espacio, es lo que ha provocado la construcción de muros y la generación de divisiones.

A partir del relato inicial, el hábitat residencial aparece como un proceso relacionado a los espacios pero también al cuerpo que acompaña el transcurso temporal de la vida, como una posición dentro del espacio. También como un ser perceptivo y consciente que otorga sentidos y significados basados en la experiencia de habitar. A través de la autoetnografía, es posible ir develando el fenómeno de habitar y abrir posibilidades a la comprensión del ser humano y la relación con su hábitat, en un espacio ya no conceptualizado a partir de los límites o los contenedores espaciales, de los cuales la vivienda puede ser considerado uno de ellos.

 

Notas

1 FONDECYT n.º 1090198 “Movilidad cotidiana urbana y exclusión social urbana en Santiago de Chile”.

3Ingold, 2005, p. 99.

4Wylie, 2007, p. 1 (traducción del autor).

5Vivo actualmente en un departamento, sin embargo uso el término habitual con el que me refiero a mi vivienda, el cual es casa. Por ejemplo: ven a mi casa, estoy en mi casa, iré a mi casa, etc.

6Metro es la denominación del sistema de transporte de trenes subterráneos de la ciudad de Santiago.

7Sistema de transporte público de Santiago de Chile.

8Nombre que se les da a los buses de transporte público en Santiago.

9Harvey, 1994.

10Certeau, 1996, p. 104.

11Ibíd.

12Puesto en cursiva, es el modo en el cual Certeau se refiere al espectador que genera una distancia con lo observado.

13Wylie, 2007.

14Lefebvre, 1974, p. 224.

15Wylie, 2007, p. 145 (traducción del autor).

16Lefebvre, 1974, p. 223.

17Ibíd., p. 224.

18Geometría entendida tal como su significado Geo - tierra; metría - medida; literalmente, ‘medir la tierra’.

19Massey, 2005.

20Jordan, 2009.

21Sheller y Urry, 2003.

22Jirón, 2006.

23Anderson y Paula, 2006.

24Massey, 2005.

25Valenzuela, 2004.

26Mansilla, 2011.

27Según Valenzuela (2004), la determinación de las escalas no es inocua, y es el punto de partida para analizar la relevancia de los fenómenos, su impacto y su significado. En este sentido postula que la escala como tamaño puede ser definida por el número de veces que la realidad es reducida para su consideración.

28INVI, 2005.

29Jirón, 2006.

30Massey, 2005.

31Ibíd (traducción del autor).

32Ingold, 2007.

33Massey, 1994.

34Bauman, 2003, p. 5 (traducción del autor).

35Del inglés timespace (May y Thrift, 2001, traducción del autor).

36Heidegger, 1994.

37Zoido y Aduar, 2000.

38Sepúlveda, Torres, Caquimbo, Lange y Zapata, 2005.

39INVI, 2005.

40Sepúlveda, Torres, Caquimbo, Lange y Zapata, 2005.

41Puente, Matas y Riveros, 1987, citados en Sepúlveda, Torres, Caquimbo, Lange y Zapata, 2005.

42De la Puente, Muñoz y Torres, 1989, p. 34, citados en Sepúlveda, Torres, Caquimbo, Lange y Zapata, 2005.

43Ibíd.

44Sepúlveda, Torres, Caquimbo, Lange y Zapata, 2005.

45Peck citado en Mansilla, 2011.

46Citado en Guzmán, 2008, p. 27.

47Sepúlveda, Torres, Caquimbo, Lange y Zapata, 2005.

48De la Puente et al., 1989 citados en Sepúlveda, Torres, Caquimbo, Lange y Zapata, 2005.

49INVI, 2005.

50Delgado, 1999, p. 30.

51Jirón, Toro, Caquimbo, Goldsack y Martínez, 2004.

52La palabra tiempo se usa como la variable temporal necesaria para entender la experiencia, pero además se puede hacer referencia a la obra de Marcel Proust, “En búsqueda del tiempo perdido”, en la cual el protagonista regresa una y otra vez a diferentes recuerdos de su vida, y así reconstruir la experiencia de existir en el mundo.

53 Duhau y Giglia, 2008, p. 21.

54Bourdin, 2005 citado en ibíd.

55Daido Moriyama (Osaka, Japón; 1938), es uno de los fotógrafos vivos más influyentes de la actualidad. Fundador de la revista Provoke (1968), situada dentro de las publicaciones que cambiaron la fotografía japonesa, la cual tuvo amplias repercusiones en la fotografía occidental de la década del setenta. Su obra está centrada en retratar la vida urbana de las calles de Tokio y ha sido expuesta ampliamente en Japón, y en el resto del mundo incluyendo el museo MoMa de San Francisco, EEUU.

56Moriyama y Maggia, 2010, p. 2010 (traducción del autor).

57Heidegger, 2005.

58 Ibíd., p. 130.

59Ibíd.

60En el texto original aparece como Navigation (traducción del autor).

61En el texto original aparece como Wayfinding (traducción del autor).

62 Ingold, 2000, p. 235.

63Ibíd., p. 37 (traducción del autor).

64Ibíd., p. 20.

65En el texto original aparece como Path.

66 Ingold, 2007, p. 2 (traducción del autor).

67 Ingold, 2007.

68 En el texto original aparece como Connector.

69En el texto original aparece como Trace.

70Shields, 2002, p. 5 (traducción del autor).

71Heidegger, 2005.

72Giannini, 1987, p. 29.

73Tuan, 2007.

74Imilan, 2011.

75Pink, 2009.

76Pink, 2007, p. 22 (traducción del autor).

77Neologismo que proviene del inglés Embodyment, es decir hacer cuerpo, o que se manifiesta en o través del cuerpo.

78Pink, 2009, p. 86 (traducción del autor).

79el hábitat residencial es] el resultado de un proceso en permanente conformación de lugares en distintas escalas referidas al territorio, que se distinguen por una forma particular de apropiación, dado por un vínculo cotidiano con unidades de experiencia singulares, potenciando relaciones de identidad y pertenencia, a partir de lo cual el habitante lo interviene y configura.” (INVI, 2005).

80Estas imágenes fueron capturadas con un teléfono móvil Iphone 3GS, el cual estaba siempre en mi bolsillo y permitió ir registrando eventos y situaciones de mi vida durante todo el desarrollo de esta investigación.

81May y Thrift, 2001. En el texto original aparece como Timespace.

82Jirón e Iturra, 2011.

83Massey, 1994.

84Tuan, 2001. En el original Tuan los define como “doers”, y se traduce desde el verbo do, hacer.

85Low y Lawrence-Zúñiga, 2003.

86Giannini, 1987.

87Certeau, 1996, p. 139.

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Fecha de recepción: 27.06.13
Fecha de aceptación: 05.05.14