Sahady Villanueva, A. (1992). La vivienda en Santiago. Apuntes de una evolución. Revista INVI, 7(15), 13-27. Como citar este artículo
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Revista invi N°15/Julio 1992/Año 7:13-27

ARTÍCULO

LA VIVIENDA EN SANTIAGO, APUNTES DE UNA EVOLUCIÓN PARA EL DESARROLLO EN EL CONTEXTO DE LA CALIDAD DE VIDA

ANTONIO SAHADY VILLANUEVA

Hace un recorrido histórico de la vivienda en Santiago desde el 1500 hasta la década de los '70 analizando las viviendas del siglo XVIII y XIX, las urbanizaciones de fines del 1800 y comienzos del siglo XX, los cités y su insalubridad, las gestión gubernamental para enfrentar los asentamientos precarios y los conventillos, las primeras viviendas populares en 1910, la creación de la Caja de Habitación Popular en 1936, las políticas de vivienda en la década del '40, las tipologías arquitectónicas de cada década y/o gobierno y lo que el autor define como la deshumanización de la ciudad ante su crecimiento incontrolado, el hacinamiento y la miseria.

LOS PRIMEROS INDICIOS

La ciudad, bien sabemos, se va haciendo a diario, con las pequeñas y grandes óbras que urden su tejido. Se trata de un tejido permeable, móvil, adaptaticio, proclive a aceptar todo tipo de intervenciones. "La forma de la ciudad cambia más velozmente que el corazón del hombre", aseguraba Baudelaire, a fines del siglo pasado. Muchas huellas van quedando, otras desaparecen. No sin razón se comprueba que a menudo perduran las obras de dudosa validez y son demolidos, en cambio, exponentes de indudable categoría. En Santiago, la mayor parte del área construida corresponde a la vivienda que se concentra con más claridad en ciertos sectores de la periferia.
la familia que la habita, una suerte de retrato tridimensional de su condición social y económica. Hoy es posible leer, escudriñando y comparando ejemplos de las diversas épocas que aún subsisten, las costumbres y el modo de vida de sus usuarios. Este hecho está nítidamente ligado al desarrollo urbano de Santiago. Su incontenible expansión amenaza con llegar a límites pavorosos, arrastrando a la ciudad a una total deshumanización.
Pero su crecimiento no ha sido regular. Transcurrieron casi dos siglos sin que Santiago experimentara grandes cambios. En efecto, durante el período de la dominación hispana el proceso de desarrollo urbano fue extremadamente moroso, al punto que son poco apreciables las diferencias entre el plano de Tomás Thayer Ojeda y el de Amadeo Frezier, a pesar de mediar entre uno y otro más de ciento cincuenta años.

Fig 1. Vista general desde Cerro Santa Lucía Santiago de Chile (Fotografía de Aureliano Vera hacia 1915)

Durante el siglo XVIII el desarrollo de la ciudad incorporó nuevos barrios como los de Chuchunco, San Diego, San Francisco, Santa Rosa, San Isidro, a los existentes entonces -Recoleta y Cañadilla-. Eran barrios con vocación residencial, si bien aún perduraban ciertas actividades agrícolas al norte del río Mapocho y en las proximidades de la Cañada.
Parece conveniente hacer un alto en el siglo XIX, período pródigo en cambios, tanto en lo que se refiere a la expansión de los límites urbanos, como al transporte público y privado, las costumbres de sus habitantes y la expresión de la arquitectura. De uno u otro modo, todo ello afectó a la vivienda, en especial a la de clase alta. Con pocas variaciones, la vivienda popular -predominaban los ranchos y conventillos-, permaneció sumida en su ambiente de miseria y hacinamiento.
Es evidente que la arquitectura en general y la vivienda en particular habían evolucionado paulatinamente, sin perder los ecos de la tradición española, consolidada a partir de la Colonia. Una arquitectura reposada, de formas bajas y sencillas, compuesta por pocos y simples elementos.
La casa convencional, derivada directamente del tipo mediterráneo, tiene su origen en la casa hispano-romana, la que, a su vez, se remonta a Grecia. De ahí que, en la superficie señalada y partiendo de la calle hacia el fondo, se desarrollaba en tres patios -recuerdo del atrio, el peristilo y el xistus o jardines-, formados por hileras de piezas longitudinales y transversales. Estas dejaban tres espacios abiertos y sucesivos de la calle hacia el interior, para constituir sendos patios, siendo el segundo el centro de la casa. Esta distribución general, con muy pocas variantes, permanece durante tres siglos como el modelo de la casa chilena.

Fig 2. Emporio Genova. Alameda esquina Lastarria. Hacia 1918


El esquema de vivienda urbana descrito por Secchi es el que continúa aplicándose en Santiago durante el siglo XIX. Evolucionó lentamente, presentando variantes en ciertos elementos y creciendo en altillo y segundos pisos. Pero conservó en su esencia la forma y distribución de la casa tradicional.
A partir de la segunda mitad del siglo pasado, ya consolidada la independencia y estando el país en desarrollo en muchos campos, la arquitectura comenzó a sufrir cambios que a la postre alterarían su imagen y forma ya tradicional. Se experimentó un deseo de renovación, agregando a las raíces hispánicas nuevas fuentes de inspiración europea. A través de viajeros y arquitectos llegados al país asomaron nuevas ideas e inquietudes. Los estilos europeos, principalmente los franceses, encontraron excelente acogida en la capital, principalmente entre aquellas viviendas con pretensiones de palacio.

Fig.3. Gasfitería La Nacional


La vivienda se modifica, en un comienzo, solamente en el frontis -Secchi afirma que las fachadas en este período se enriquecieron y complicaron-, pero luego su distribución interna y sus recintos también sufrieron alteraciones. Aparecieron tipos de vivienda desconocidos en Santiago, copiados de medios y culturas foráneas.
El país se adentraba en una época diferente, que tuvo su expresión artística en aquellos años característicos que los historiadores denominan "de fin de siglo". Predominó en la arquitectura chilena lo que Eugenio D'Ors ha llamado el "Barrocus Officialis", de índole caprichosa y artificial, preludio del "Arte Nouveau", el cual alteraría el rostro de muchas mansiones santiaguinas en los tiempos dorados del Centenario de 1910. Al decir de Pereira Salas, es la época arquitectónica del yeso coruscante, de los perfiles metálicos con que diligentes artesanos, venidos de Italia, imitaban estilos; los tiempos en que se agrega fachada de dos pisos a la tradicional casona de tres patios; los malos tiempos en que los hermanos Cremonesi: cubren la noble piedra que labrara Joaquín Toesca, desfigurando la Iglesia Catedral, bajo una capa de estuco.
En el período señalado se desarrollaron en Santiago los palacios. Eran viviendas de gran distinción, las más expresivas de la época. Los palacios fueron el escenario propicio para que se desarrollara una nueva forma de vida, tanto en apariencia como en significado.
Antes de 1879 la clase dirigente chilena reveló poca tendencia a la plutocracia. Sus bienes descansaban en el campo, en la producción agrícola. Declaraban su amor a la tierra y a las glorias nacionales. Revisando relatos de viajeros y los diarios de la época se comprueba que sus gustos eran sobrios y sus hábitos sencillos. Más tarde, las grandes fortunas, obtenidas en las minas y en las especulaciones, fomentaron el gusto por los viajes y la exigencias refinadas.

Fig.4. La Alahambra Casa de Francisco Ignacio de Ossa Mercado. Compañía entre Teatinos y Amunátegui, Vereda Sur hacia 1900


El auge de los palacios o viviendas con ambiciones de tales corresponde a un período historicista, el que, a su vez, era reflejo de una corriente estética europea post-romántica. Se extendió en el país a través de la labor de profesionales extranjeros y a la nueva traza urbanística de Santiago, que había iniciado el intendente Vicuña Mackenna. Pereira Salas describe las transformaciones que sufrieron las viviendas al convertirse en palacios: "el frontis se alarga, aunque queda centrado en un acceso que sirve de eje principal. El mármol de las graderías sirve para dar el tono y concentrar la vista que es atraída igualmente por su mayor altura. El segundo piso simplifica la composición, repitiendo los motivos en un juego armónico de puertas y ventanas. Un friso de remate cumple también la faena de disimular la techumbre de teja y eleva la altura, conservando las proporciones clásicas de los cuerpos principales".
La distribución interna sufre alteraciones, el zaguán desaparece y la puerta cochera cumple las funciones de acceso de los nuevos tipos de vehículos. El hall central o vestíbulo, a la manera de un atrio pompeyano, concentra la luz -cual sí fuera un patio- por la amplia claraboya, se extiende la concepción tripartita colonial de "cámara", "recámara" y "sala", y aparecen los salones las salitas de recibo, los escritorios y las bibliotecas. Se agregan, además, las salas de música para los primeros intentos de ejecuciones de cámara. O bien, para el despliegue vocal de los divos de la ópera, habituales tertulianos de las familias distinguidas.
Los palacios generalmente se desarrollaban en dos niveles más un zócalo y, en algunos casos, un tercer nivel o mansarda. En su distribución interna los recintos se ordenaban a partir de un hall central. Este hall -inmediato al acceso principal, de doble altura-, estaba profusamente tratado en sus detalles y terminaciones. Era el espacio de mayor jerarquía. A partir de este recinto se distribuyen y relacionan las diferentes dependencias, pasando por sucesivos salones de diversos usos y características.
El hall central estaba jerarquizado; por sus proporciones, y por un tratamiento espacial preeminente, realzado por iluminaciones cenitales a través de linternas, lucarnas o techos de vidrio ricamente ornamentados.
En diarios y revistas se describían con detalle estos palacios donde residían los más conspicuos personajes de la aristocracia santiaguina. Proliferaban fotografías de salones, cámaras, recámaras, invernaderos. Las casas eran de grandes dimensiones, como para albergar a extensas familias y, si era menester, hasta dos y tres generaciones. Casi siempre ocupaban terrenos equivalentes a los antiguos solares de la traza primitiva de la ciudad, aunque en ocasiones, superaban esas superficies. Tal fue el caso del palacio Díaz Gana, más tarde Concha Burchard en 1876, en un amplio predio agrícola contiguo a la Alameda y la actual Avenida Brasil. Dio origen a hacia 1930 a una completa urbanización conocida hoy día como Plaza Concha y Toro, que alcanza hasta la calle Erasmo Escala.
En contraste con la magnificencia y boato de las mansiones de la aristocracia, se multiplicaban las viviendas modestas y los ranchos insalubres. Este hecho no conmovía a la clase acomodada, no obstante, que de espaldas a esta realidad, se preocupaba de llevar una vida muelle y próspera, disfrutando de los enormes patios que aseguraban privacidad y sosiego. Para un adecuado aislamiento estaban, también, los huertos, los jardines de invierno o cualesquiera de las grandes habitaciones dispuestas para la tertulia familiar. En el gran comedor podían instalarse, sin estrecheces, unas cincuenta o sesenta personas. Las fíestas se celebraban en los diversos salones, llamados según el color del empapelado, que servía de fondo a los fastuosos muebles, espejos, cuadros, alfombras, lámparas. Entre los palacios más espléndidos, aún sobrevive el Palacio Cousiño, cuyo proyecto pertenece al arquitecto francés Paul Lathoud.

Fig.5. Calle Dieciocho primera cuadra hacia el sur, hacia 1910

A finales del siglo XIX la arquitectura permitió que los dueños de la fortuna dieran a conocer sus gustos personales en materia de estilo. Así como podían elegir la ropa o el menú de cada día, tenían la facultad de ser satisfechos en caprichos mayores. Fue así como nacieron las más diversas y exóticas expresiones arquitectónicas. En medio de un eclecticismo absoluto, tuvieron cabida las fachadas renacentistas, góticas, románicas, moriscas, bizantinas, tudor. La impresión que causaban estas construcciones en los viajeros, cronistas y escritores de la época no era en absoluto favorable. Theodore Child, por ejemplo, escribió: "los chilenos han preferido ir a buscar inspiración en los templos griegos del siglo de Pericias, y en los castillos medievales de la época de las cruzadas..." Otro viajero, Alberto Malsch, comentaba: "el país presenta una fachada grandiosa y nada tras ella." Y añadía, caústico: "majestuosas columnas, frisos, capiteles, zócalos veteados de mármol, pero, por favor, no los toquéis porque el pedazo quedará en vuestros dedos. Aquí como allá todo está falsificado, todo suena a hueco."
A pesar de los adversos e irónicos comentarios, es justo reconocer los méritos de estas mansiones de fines del siglo XIX, que mantenían una sobria ordenación del conjunto.

NUEVAS URBANIZACIONES

A principios del presente siglo aparecen, distantes del casco urbano, nuevas urbanizaciones para sectores acomodados, principalmente hacia el oriente de la Plaza Italia.
Por su parte, se intensificaba el poblamiento hacia el sector Chuchunco, próximo a la Estación Central de Ferrocarriles. El centro de Santiago adquirió, entonces, una clara especialización, concentrándose las actividades de gobierno y las reparticiones públicas. La trama urbana se hizo compacta, si bien se mantuvo la estructura vial. Era el inicio de la industrialización en Santiago, lo que propició un activo intercambio comercial. Surgen las primeras zonas industriales, todas ellas próximas al ferrocarril: Estación Central, Yungay, Santa Elena y, posteriormente, Estación Mapocho. En derredor de esta actividad surgen los primeros barrios populares: Yungay, Carrascal, Mapocho, San Pablo, Estación y San Eugenio.
Durante las primeras décadas del siglo XX la clase media gozaba de una razonable estabilidad. Solían habitar las casas que los rentistas tenían en arrendamiento, conformando un núcleo social homogéneo. Esta homogeneidad se traspasaba a las residencias que ocupaban; el resultado eran grandes manzanas monótonas y chatas. Las fachadas incorporaban elementos estilísticos europeos, en tanto los interiores, en muchos casos, mantenían la tradición de la vivienda construida en torno a patios.
Irrumpieron, por aquellos años, los primeros cités, conjuntos habitacionales conformados por la agrupación de casas pareadas a lo largo de un pasaje peatonal. Es la tipología que mejor identifica una solución urbana para sectores de ingresos medios y bajos en la zona pericéntrica de la ciudad.
El tema de la cuestión social ha rondado los debates políticos desde finales del siglo pasado. Dentro de él, uno de los aspectos más discutidos es la vivienda. Encuestas, periódicos, revistas, crónicas, discursos e informes tienen como centro, y con toda razón, el terrible submundo de los conventillos y sus habitantes.
El doctor Puga Borne sostiene que la vivienda popular podría ser clasificada en tres diferentes rubros: los cuartos redondos, vale decir, aquellos desprovistos de toda abertura y comunicación con el exterior que no sea la calle; los ranchos, cuyos materiales, todos de construcción, constituyen una masa de sustancias húmedas y putrecibles; por último, un tipo mejorado conocido como conventillo, que lo define como una reunión de cuartos redondos a lo largo de una calle que sirve de patio común. Al menos, tiene la ventaja de que la cocinay el lavado de ropa no se hacen en el dormitorio.

LA PROLIFERACIÓN DE LOS CONVENTILLOS

Entre 1920 y 1930 se produjo un intensa inmigración desde las salitreras del norte. Este fenómeno contribuyó a hacer más aguda la escasez de viviendas. Una encuesta hecha por la policia de Santiago y citada por el diario "El Mercurio" en su edición del 1° de enero de 1912, establecía que sólo en el sector norte, comprendido entre las calles Vivaceta e Independencia había 1.574 conventillos con 73.000 habitante repartidos en 26.972 habitaciones, lo que da un promedio de casi tres personas por pieza. Ciertamente estas soluciones habitacionales no cumplían con las más mínimas exigencias de la Ordenanza de Salubridad. Pero, ¿qué habría sido de aquellas setenta mil personas si se hubiese ordenado el derribo de estos insanos conventillos? Abundaban las editoriales y los artículos denunciando estas anormalidades. He aquí parte de uno de ellos, publicado en "El Mercurio" el 21 de octubre de 1910: "La existencia de aglomeraciones humanas en viviendas antihigiénicas constituye, en condiciones normales, un permanente peligro para la salud pública, porque allí se forman constantemente los focos de enfermedades infecciosas que luego se esparcen llevando el contagio a todas las clases de la sociedad".

Fig.6. Cité Cité Adriana Cousiño en Santiago Centro Poniente. Arquitectos A.Cruz Monnt y R. Larraín B. Hacia 1911.


La mala calidad de los materiales constructivos, como así la deficiente ejecución de las viviendas populares ofrecían escasas garantías para hacer frente al uso de los moradores y al paso del tiempo. No pasaban de ser conjuntos habitacionales provisorios. Sin embargo, sus habitantes no conseguían deshacerse de ellos para emprender una existencia más digna. Parecían resignados a aceptar esa realidad, como si se tratase de un designio superior. A veces el azar decidía por ellos: en 1925, por ejemplo, un conjunto de conventillos situado al final de la calle Bellavista se vino al suelo como consecuencia de la humedad proveniente de los canales que lo marginaban.
La parte poniente de la ciudad, "el Galán de la Burra" -hoy día, calles Erasmo Escala y vecinas-, recibía todas las inmundicias que formaban grandes embanques putrefactos. Vicuña Mackenna, para evitar un mal tan grande, propició la canalización de la acequia de Negrete. En la Chimba arrancó los ranchos inmundos al lado oriente de la subida del Puente Cal y Canto, e hizo la guerra a los conventillos, que eran, a menudo, especies de "mataderos humanos" en el barrio vecino al río.
Por decreto de la Intendencia, que refrendó el secretario de aquella, don José María Eyzaguirre, se ordenó la destrucción de esos conventillos, otorgando a cada madre de familia dos pesos para gastos de mudanza. Benjamín Vicuña Mackenna repetía: "¡Y ésta es la ciudad que nos complacemos en llamar la reina de la América!"
Incansable, Vicuña Mackenna inauguró en Santiago 18 plazas o plazuelas nuevas, contando entre ellas las del cerro Santa Lucía, la plazuela de la Compañía, la plaza de Bello (antiguo reñidero de gallos). Iniciada esta labor hacia 1875, ya se encontraba muy avanzada unos diez años más tarde, como lo indica el aumento de los avalúos prediales. Se crearon cités y poblaciones en que se prorrateó el gasto: 50% la municipalidad y 50% los inversionistas privados. Parecía cumplido el sueño de Vicuña Mackenna, salvo por un detalle: los pobladores que ahora los habitaban eran diferentes en todo de aquellos que pocos años antes vivieron allí. La operación vino a beneficiar, no precisamente a los antiguos pobladores, sino a los viejos propietarios.
Pues bien, los nuevos pobladores constituyeron el primer cordón de capas medias, protectoras de la ciudad propia, desplazando a los primeros habitantes del suburbio a un nuevo extremo marginal. Los que allí vivían antes, trasladaron su "miseria" y su "vicio" a reinaugurar un nuevo "aduar de corrupción".
Como bien lo advirtió el doctor Puga Borne, el conventillo chileno -particularmente el de Santiago- tiene su origen en los cuarterfos que proliferaban a finales de la Colonia en casi todos los barrios de Santiago. Al término del siglo XIX, el Consejo Superior de Higiene Pública definía los conventillos como habitaciones miserables, que albergaban, de hecho, un número exagerado de ocupantes. Tal vez uno de los más penetrantes retratos de esta situación lo consiguió, en 1923, José Santos González Vera cuando escribió "Vidas Mínimas". Detalló con mucha agudeza aspectos físicos del conventillo en el que habitaba, pero, sobre todo, las repercusiones que este ambiente producía en sus moradores. La actividad humana la dibujaba de este modo: "El patio semeja una colmena. Exclamaciones, chillidos, gritos, se funden en un ruido pesado que ahuyenta el silencio. Las viejas toman mate junto a sus puertas; otras mujeres lavan inclinadas sobre la acequia negra, amenazando a sus chiquillos y hablando a torrentes."

Fig.7. Conventillo en calle Mapocho esquina de calle Brasil. Hacia 1930


Más tarde, Manuel Rojas agregaría nuevos comentarios en su novela "El Delincuente", destacando la diversidad de oficios y profesiones que se mezclaban en aquellas pobres casas. Convivían, a su manera, mendigos, ladrones, policias, obreros y hasta "veteranos de la Guerra del Pacífico".
Los ranchos insalubres se agrupaban en la periferia de la ciudad, con rucas construidas de materiales de desecho en las proximidades de los vertederos de basura (eran éstas las posibles fuentes de ingresos de sus moradores).

LAS PRIMERAS VIVIENDAS POPULARES

Entre 1892 y 1910, gracias al aporte filantrópico de la Fundación León XIII -presidida por Melchor Concha y Toro-, se edificaron las primeras viviendas populares hechas por iniciativa privada.
Por aquella época nació también la población Mercedes Valdés, entre Nataniel y Gálvez.Se componía de 60 viviendas, cada una de 4 habitaciones, patio y cocina. De similares características es la población San Vicente, localizada en Avenida Exposición, entre Grajales y Conferencia (232 viviendas y algunos conventillos).
La función constructora del Estado, a tra-vés de los Consejeros de Habitación, se materializó en conjuntos como la población Huemul, situada entre las calles Franklin, Placer, Huemul y Lord Cochrane. En varias manzanas se distribuyeron 157 viviendas, solven¬tadas por la Caja de Crédito Hipotecario (más tarde sería el Banco del Estado).
La población Huemul es obra del arquitecto Ricardo Larraín Bravo, quien intervino simultáneamente en la división predial, el diseño de la vivienda y el equipamiento. Incluye escuela, biblioteca, teatro, iglesia, policlínico y plaza de juegos. El diseño del barrio tiene las características de una pequeña ciudad, en la que se integran las funciones de residencia, servicio y trabajo, a diferencia de los barrios jardín (dormitorios), que caracterizarían el diseño urbano de épocas posteriores.
A pesar del esfuerzo estatal, las realizaciones eran dramáticamente insuficientes. La obligada demolición de algunos conventillos insalubres agravó el déficit habitacional. No fueron suficientes las 396 viviendas que entre 1906 y 1925 se logró mediante aportes fiscales, y las 3.246 de origen privado. En los 5 años siguientes, gracias al decreto-ley llamado "Fomento de las Habitaciones Baratas" se levantaron 29 poblaciones nuevas.
Con la creación de la Caja de Habitación Popular en 1936 se da un nuevo impulso a la participación del Estado en la construcción de viviendas económicas, que ya contaban con normas constructivas más exigentes a raíz del terremoto de Talca de 1928.
Nuevos desastres sobrevinieron, obligando a tomar medidas de urgencia. El terremoto que en 1939 afectó a Chillán y Concepción influyó en la pronta creación de la Corporación de Reconstrucción y Auxilio. Esta se funde en 1953 con la Caja de Habitación Popular, dando origen a la CORVI (Corporación de la Vivienda). De este mismo período son las EMPART, que harán posible el desarrollo de importantes grupos habitacionales. Al crearse después el Ministerio de la Vivienda, se reúnen allí varios organismos, como CORVI, CORMU, CORHABIT, con la finalidad de abordar mancomunadamente la problemática de la vivienda social.
Aún cuando la arquitectura vanguardista tuvo su germen en la arquitectura privada, las ideas renovadoras terminaron prendiendo en la actividad estatal, seguramente porque se trabajaba a mayor escala y, por lo mismo, el impacto urbano era más ostensible. La acción del Estado permitió, por una parte, paliar el déficit habitacional y, por otra, cubrir áreas remotas que la acción privada prefería ignorar. Tuvo además, la virtud de abordar con eficiencia problemas tan complejos como suelen ser las remodelaciones urbanas, los planes reguladores, los planes preinversionales, la fabricación pesada.
Es verdad que el esfuerzo por satisfacer las demandas de vivienda fue en extremo insuficiente. El crecimiento demográfico estaba cada vez más lejos de ser absorbido, al punto que de las necesidades eran cubiertas sólo en un 17,5% (promedio entre 1920 y 1970)

Fig.8. Bloques CORVI 1020. (1964-1970)

 

LA REVOLUCIÓN DE LOS CIAM

A comienzos de la década de 1920 asoma una nueva idea de vivienda, sobre todo en el área oriente de Santiago: la vivienda aislada con jardín. Formalmente opuesta a la estructura tradicional, representa una tipología que, si bien es por completo válida en la ciudad-jardín de Ebenezer Howard y de los suburbios norteamericanos, no lo es en la capital chilena.
Pero más gravitantes aún, sobre todo en cuanto a la concepción del espacio urbano, son los cambios que ocurren en la década comprendida entre 1950 y 1960. Epoca de experimentación, que vio el nacimiento de la Unidad Vecinal Portales. Por primera vez se construían edificios de siete pisos sin ascensor, con una calle vehicular en el tercer nivel. O calles peatonales elevadas surcando los techos de las casas. De algún modo, se empezaban a hacer realidad los principios urbanísticos -muy revolucionarios, por cierto- provenientes de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna. Emergen los edificios-torre que conglomeran viviendas en altura, desestimando las leyes de la composición tradicional de la ciudad. Se conciben los edificios elevados sobre pilotes, se discrimina la circulación vehicular de la peatonal. Cambian por completo los conceptos de barrio y de plaza. El primero es sustituido por las unidades vecinales; el segundo, por las áreas verdes.
En "El urbanismo de los tres establecimientos humanos" Le Corbusier critica acerbamente la solución habitacional que deriva en la extensión exagerada de las ciudades. No acepta que se construyan por miles las pequeñas viviendas unifamilíares aisladas, derramando las áreas urbanas hacia los campos agrícolas. En cambio, sostiene que es posible crecer en altura y rodear los edificios del correspondiente equipamiento comunitario. Es un modo de liberar parte del tan preciado terreno, con el propósito de destinarlo a áreas verdes o esparcimiento.
¿Cuál ha sido la suerte del Movimiento Moderno, después de 30 ó 40 años de su creación? Muy diversa, en realidad. Algunos han visto satisfechas en buena medida sus aspiraciones, como la Unidad Vecinal Providencia o la Villa Frei. No es posible asegurar lo mismo de la Unidad Vecinal Portales, muy deteriorada hoy en día y completamente ajena al tejido de la ciudad.
Las nuevas tipologías arquitectónicas y el aventurado diseño de los espacios urbanos produjeron un insalvable colapso en la conducta de los usuarios. La imposición de los conceptos propios de la ciudad-jardín resultaron poco afortunados a una urbe no preparada para el cambio. Tal vez lo más grave fue la creciente radicalización de las ideas. Para ilustrar con claridad este fenómeno, sólo basta con mencionar la Población Juan Antonio Ríos, en Santiago; en los años 40 se comenzó con la construcción de vivienda continua, ordenada en bloques longitudinales, entre los cuales se propusieron espacios. Espacios aún controlados, en realidad. En los años 60, en cambio, se optó por el bloque aislado, sin espacios intermedios ni equipamiento. No tardó en acusarse la pérdida de identidad entre la vivienda y el usuario, como así también, la sensación de transitoriedad de las construcciones y, lo que es más grave, la desconexión de los conjuntos habitacionales con el resto de la ciudad.

HACIA LA DESHUMANIZACIÓN

En este punto parece importante hacer algunas reflexiones, reconociendo que nuestro país, y en particular Santiago -permanente campo de experimentación en materia arquitectónica-, se han incorporado con insistencia criterios y fórmulas europeas. La primera inquietud tiene que ver con la adopción de principios ajenos, sin medir de antemano las consecuencias. Tan importante como el tiempo -la oportunidad en que se echan a andar las acciones-, es el lugar. Haciendo abstracción del desfase temporal con que se imponen los criterios que estuvieron en boga unos cuantos años antes, la referencia del lugar debe ser un factor ineludible. La realidad física, por una parte, y la realidad antropológica, por otra, no pueden estar ausentes en el diseño de la vivienda. Constituiría una irreverencia contra la naturaleza gregaria del hombre. Una vivienda es mucho más que un techo para albergar una familia. Importa aspectos complementarios tan gravitantes como son los servicios, la infraestructura, el equipamiento.
Y, por encima de todo, la relación con otras viviendas, tas viviendas que constituyen el barrio, el sector, con identidad y sello.
A través de las edades, y en virtud del alto grado de permanencia de sus estructuras, erigidas por tan diversos planificadores y constructores, la ciudad se va consolidando y convirtiendo en la muestra viva del pasado y de la evolución cultural de sus habitantes. Desde este enfoque, la ciudad constituye la mayor cantidad de obra humana acumulada. Toda la enorme carga de elementos perdurables -casas, edificios, puentes, calles, postaciones, instalaciones- pasa a formar parte de nuestra experiencia cotidiana. Pero ¿acaso nos asombramos, nos detenemos a observar estas realizaciones? Simplemente son, y están ahí.

Fig.9. Conjunto Habitacional en Avenida Grecia, Comuna de Ñuñoa


En este ecosistema, en esta biosfera artificial, la comunidad aprende a desarrollarse y a vivir, a soñar, a morir. Se produce en su seno la simbiosis social entre centenares de miles de seres humanos. Ante nuestra indiferencia frente a ciertas realidades, la vida sigue su curso y los hechos se consuman inexorablemente. Nos importa poco lo que ocurre fuera del ámbito hogareño y del trabajo, si eso que ocurre no nos afecta. La relación profunda, la interacción entre el entorno creado y la propia actividad que nos motiva aparece, aún hoy en día, poco relevante. Sólo muy recientemente, y como derivación de estudios sobre conducta y vida de relación de especies animales, han comenzado a realizarse observaciones sobre la influencia que el medio artificial en que vivimos tiene sobre nuestros hábitos y actividades, sobre reacciones mentales y emocionales.
Se ha demostrado experimentalmente el efecto de saturación densitaria y la pérdida de espacio individual y social en colonias de renos y roedores. Ha comenzado a abrirse paso, cada vez en forma más consistente, la idea de que compartimos el planeta con el mundo animal, y que, tal como ellos, estamos sujetos a responsabilidades de alteraciones patológicas de conducta cuando se rebajan ciertos umbrales mínimos.
La congestión, el hacinamiento, la promiscuidad, la falta de espacio para la creación y la recreación, el ambiente de miseria moral y deterioro físico que conforma el marco habitual de vida urbana en el mundo subdesarrollado, termina indefectiblemente por dar forma a una infracultura, una "cultura de pobreza". Y esta respuesta social es caldo de cultivo para aumentar la marginalidad, la miseria extrema y la degradación en todas sus formas. Como para suponer que de ese círculo vicioso resulta imposible zafarse.
Toda obra del hombre, grande o pequeña -toda huella, en una palabra- es una alteración en el cosmos. Para bien o para mal. La vivienda constituye una de las manifestaciones más genuinas de la cultura que identifica a un pueblo. Habla de sus miedos y sus certezas. Resume su conducta y su modo de vida. Los valores y contravalores.
Por definición, un asentamiento humano es un lugar en el cual el hombre vive en comunidad. Independientemente de que esa comunidad sea rural o urbana, su desarrollo implica una transformación del medio natural, que pasa a ser un medio artificial. Cuanto más urbana, más artificial. Cierto es que la comunidad citadina pertenece, también, al sistema ecológico natural. Sin embargo, tiene la capacidad de modificar tan despiadadamente su ecosistema natural que sus resultados pueden llegar a ser contradictorios con la naturaleza. El peligro está en sobrepasar el límite aceptable. Las decisiones equivocadas, más temprano que tarde, terminarán por menoscabar o destruir la armónica relación entre los hombres. No debemos olvidar que la vivienda es un fiel reflejo del asentamiento humano que se construye, pero, recíprocamente, graba su impronta en el desarrollo de la comunidad.
Si la ciudad sigue creciendo impiadosamente, los elementos naturales serán, dentro de poco, un dulce recuerdo. Y habrá en lo alto de ciertos edificios un lugar sagrado que se llamará "Museo de la Naturaleza". No permitamos que entre los seres vivos sea el hombre el único que termine por construir una habitat que atente contra su salud física y la armónica convivencia con los demás. La indiscriminada construcción -y a menudo, la injustificada demolición- se ha realizado en nombre del progreso y de acuerdo a los postulados del utilitarismo. El resultado termina siendo la desintegración de la ciudad y la degradación del hombre.
Debemos reconocer que la ciudad es un "espacio social" Más aún: que la tierra es un "bien social", que nos pertenece a todos y que no tenemos derecho a infligirle una prematura destrucción.

Fig.10. Unidad Vecinal Villa Portales en Santiago

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