Berroeta, H., Carvalho, L., Di Masso, A., & Ossul Vermehren, M. (2017). Apego al lugar: una aproximación psicoambiental a la vinculación afectiva con el entorno en procesos de reconstrucción del hábitat residencial. Revista INVI, 32(91), 113-139. Como citar este artículo
Berroeta, Pinto de Carvalho, Di Masso, and Ossul Vermehren: Apego al lugar: una aproximación psicoambiental a la vinculación afectiva con el entorno en procesos de reconstrucción del hábitat residencial



Introducción

"Es como una piedra que hay aquí, que como que a uno le llena el corazón. Quiero mucho a mi pueblo, de verdad. Si le pasara algo, no sé… a uno sería como que le maten todo, el alma, la ilusión, todo”. (Extracto de entrevista a una mujer de Chaitén)

Los estudios urbanos han prestado poca atención a los vínculos afectivos de los habitantes con el entorno en procesos de transformación urbana, es decir, procesos en los cuales los habitantes sufren cambios en su entorno, ya sea desalojos forzosos, erradicaciones de viviendas o desastres socio-naturales, entre otros (Baum, 2015). A pesar de que se reconoce el valor de los vínculos afectivos en los procesos de relocalización, su uso y definición son ambiguos. Por lo general, esta cuestión queda englobada en los ‘aspectos sociales de la relocalización’ (Johnson, 2010), sin mayor profundización. En el caso de la política de vivienda en Chile, los estudios urbanos han analizado extensamente los efectos de la política durante los años noventa, específicamente los efectos negativos de la relocalización de campamentos a conjuntos de viviendas sociales en la periferia de la ciudad (Brain, Prieto y Sabatini, 2010; Mora, Sabatini, Fulgueiras e Innocenti, 2014; Siclari, 2012). Las dificultades no solo responden al escaso acceso a oportunidades en la ciudad (Tironi, 2004), sino también a la dificultad de desarrollar vínculos emocionales tanto con la comunidad como con el nuevo barrio. En la literatura se pueden encontrar referencias a esto último, en términos de sensación de aislamiento de los habitantes (Ducci, 1997), vergüenza del barrio (Rodríguez y Sugranyes, 2004) y de un deseo de ‘irse de la vivienda’ (Morales et al., 2017). Estas emociones no solo han tenido un efecto negativo sobre el habitante y el barrio, sino que se reflejan profundamente en la fragmentación de la ciudad. Es por ello que resulta importante desarrollar un marco teórico para interpretar estos vínculos afectivos en los espacios urbanos.

La literatura sobre las geografías de las emociones reconoce que éstas pueden ser difíciles de cuantificar o expresar; sin embargo, plantea que su estudio es esencial ya que las emociones median la relación con los lugares (Bondi, Davidson y Smith, 2007), permiten habitar espacios e incluso corporeizar afectos tales como ‘sentirse en casa’ (Blunt y Dowling, 2006). Por su parte, la psicología ambiental ha estudiado largamente la relación afectiva entre persona y entorno mediante el concepto de “apego al lugar”. Este concepto refiere al conjunto de vínculos socio-afectivos que las personas establecen con los lugares que habitan o frecuentan (Lewicka, 2011; Scannell y Gifford, 2010a). Es decir, permiten entender cómo ocurren estos procesos y en qué medida las personas se vinculan afectivamente con un lugar, pudiendo establecer relaciones específicas entre los habitantes y su entorno.

Este artículo ofrece un marco teórico para examinar los vínculos afectivos con los espacios urbanos. Para ello se analiza cómo se ha abordado el vínculo afectivo entre el sujeto y su entorno desde el concepto de apego al lugar. El objetivo último es contribuir desde el campo de los estudios psicoambientales al enfoque interdisciplinar del hábitat residencial, aportando una categoría comprensiva de la vinculación emocional de las personas con su entorno en procesos de transformación urbana. El artículo ejemplifica este marco teórico con los resultados de un estudio (Berroeta, Carvalho y Di Masso, 2016; Berroeta, Ramoneda y Opazo, 2015) sobre vínculos socio-espaciales en cuatro casos de desastres socio-naturales ocurridos en Chile entre los años 2008 y 2010, en las ciudades de Tocopilla, Chaitén, Dichato y Constitución. La investigación es de carácter mixto. Se produjo datos a través de mediciones individuales a una muestra no probabilística de 628 habitantes, y se generó datos grupales a partir de 17 grupos focales, en los cuales participaron 117 personas, muestreadas intencionalmente en las cuatro localidades. Adicionalmente, recolectamos una variedad de datos empíricos de distintas fuentes, como archivos de prensa y fotografías.

El artículo está dividido en tres secciones. La primera hace una revisión teórica del concepto de apego al lugar por medio de tres aproximaciones. Cada una de éstas tiene un correlato epistemológico diferente, configurando una comprensión específica de estos vínculos: primero, a través del estudio de la afinidad emocional individual hacia los lugares; segundo, mediante el reconocimiento de la producción de significados sociales desde los que se elaboran los vínculos afectivos con el lugar; y tercero, explorando las prácticas materiales a través de las cuales el afecto hacia el lugar es creado y vivido. La validez y legitimidad de estas distintas formas de abordar el apego al lugar son contingentes respecto de las premisas epistemológicas que enmarcan la propuesta teórica. En el contexto de este artículo, la finalidad de esta primera parte no es tanto compatibilizar o integrar estas tres miradas epistemológicas diferentes, sino presentar qué formas específicas de comprensión del apego al lugar proporciona cada una de ellas. En la segunda sección se ilustra cada aproximación desde un mismo material empírico, presentando resultados de un estudio sobre vínculos socio-espaciales. En la tercera sección y última, se discute el uso práctico del concepto de apego al lugar y cómo éste podría ser empleado por la arquitectura y urbanismo.

Tres aproximaciones a los vínculos afectivos entre las personas y sus entornos

Primera aproximación: afinidad emocional individual hacia los lugares

El estudio del apego al lugar como una experiencia psicológica interna es predominante en la psicología ambiental. Siguiendo a Di Masso, Dixon y Durrheim (2014), esta aproximación cognitiva-representacionista entiende el apego al lugar como un constructo de naturaleza afectiva que media la relación de las personas con los lugares, cumpliendo determinadas funciones individuales, tales como la predisposición a los sentimientos de comodidad, pertenencia y seguridad, así como el sentido de continuidad, la facilitación de la ejecución exitosa de los objetivos y la capacidad de restauración y autorregulación (Gifford, 2014). Sus principales características son el deseo de permanecer en el lugar, la resistencia a irse, el recuerdo recurrente, el deseo de regresar y la lamentación por la pérdida (Lewicka, 2011).

Esta aproximación individual se caracteriza por entender el apego al lugar como un fenómeno estable, cuyo significado es relativamente constante. Se identifican dos perspectivas que se centran en esta experiencia real e interna del vínculo con el lugar: una perspectiva fenomenológica y otra socio-cognitivista. La primera enfatiza relatos subjetivos orientados a conocer, principalmente a través de métodos cualitativos verbales, los significados del lugar (Stedman, 2003) y la experiencia de lugar (Seamon, 2014), entendidos como marcos de sentido personales, singulares, biográficamente específicos e intransferibles y en ocasiones incluso inefables (un sentido subjetivo, íntimo y personal de interioridad generado por el entorno). La segunda perspectiva ha priorizado tradicionalmente la medición psicométrica, a partir de escalas que buscan evaluar los sentimientos hacia el lugar en diferentes niveles, tales como la casa, el barrio y la ciudad (Lewicka, 2010), así como distintas dimensiones constituyentes del apego, tales como el vínculo con ambientes naturales, el vínculo comunitario y la dependencia del lugar (Raymond, Brown y Weber, 2010). Los principales elementos evaluados informan, por ejemplo, de cuán emocionalmente apegado a un lugar se está, qué tan perteneciente se siente la persona a él, qué tan feliz es de volver a ese lugar y qué intención tiene de seguir viviendo en ese lugar (Hidalgo y Hernández, 2001). En este caso, el enfoque sobre la experiencia psicológica tiende a estar centrado en la búsqueda de objetividad de los componentes y procesos que conforman el apego como una estructura cognitivo-emocional descriptible, presuntamente universal y transferible a amplios conjuntos de personas (a diferencia de la perspectiva fenomenológica).

Como sistematización de los principales avances del apego al lugar desde esta aproximación, Scannell y Gifford (2010b) proponen un marco conceptual compuesto de tres dimensiones: persona, proceso psicológico y lugar. La dimensión persona se refiere a conocer quién está apegado al lugar y cuál es la extensión del apego; incluye significados individuales de la experiencia y de la memoria personal, así como significados colectivos a partir de los cuales las personas, en tanto que miembros de grupos sociales más amplios, se apegan a lugares donde realizan sus actividades y preservan su cultura en virtud de marcos interpretativos compartidos.

La segunda dimensión, relativa al proceso psicológico, se refiere a cómo están presentes y se manifiestan en el apego al lugar los procesos de afecto, cognición y comportamiento. Los autores exponen las nociones del apego predominantemente como un afecto positivo, sea de alegría y/o amor por un determinado lugar (Giuliani, 2003; Hidalgo y Hernández, 2001). Trabajos puntuales describen el apego al lugar involucrando también sentimientos negativos y de aversión tras una experiencia traumática con el lugar (Fried, 1963), sentimientos de ambivalencia (Fullilove, 2014; Manzo, 2014), así como la tristeza, la nostalgia y el estrés generados por la pérdida del lugar de apego (Brown y Perkins, 1992; Fullilove, 1996 y 2014; Spencer, 2005). Los procesos cognitivos implican la memoria y la construcción de significados de lugar, incluyendo también elementos de distintividad. Finalmente, el comportamiento refleja el deseo de mantenimiento de la proximidad con un lugar, o la intención de mantener aspectos físicos del lugar en contextos de reconstrucción o relocalización.

La tercera dimensión, el lugar, informa cuál es el objeto del apego desde las características del lugar, sean físicas o sociales, naturales o construidas. A partir de esta dimensión se puede entender que las características físicas son las que contienen los posibles significados de un lugar, centrándose en los niveles sociales y físicos. Acerca de lo social, se concluye que las personas se apegan a los lugares por las relaciones sociales que estos facilitan, y en lo físico, que el apego se produce por las comodidades y recursos que los espacios proveen (Stokols y Shumaker, 1981).

Lewicka (2011) analiza los avances teóricos y metodológicos del concepto del apego al lugar en los últimos 40 años, basándose en el modelo tridimensional de Scannell y Gifford (2010b), y concluye que hay un énfasis excesivo en el estudio de la dimensión persona, dejando las dimensiones lugar y procesos psicológicos como segunda prioridad. Se conoce bastante acerca de quiénes y cuánto se apega la gente, pero muy poco de los lugares y los procesos que generan ese apego.

Segunda aproximación: la producción de significados sociales desde los que se elaboran los vínculos afectivos con el lugar

Una rama importante de estudios sobre la relación persona-entorno se ha centrado en investigar los procesos de interpretación del espacio a través de los cuales el entorno construido como realidad geo-espacial deviene un lugar psicológicamente significativo, relacionando directamente el apego al lugar con las prácticas de significación del espacio. En este sentido destacan nuevamente algunas aportaciones fenomenológicas originales de Tuan (1977) o Relph (1977) sobre la producción del “sentido de lugar”, o las aproximaciones transaccionalistas de Stokols y Shumaker (1981), quienes señalaron como categorías primarias de interpretación ambiental los significados funcionales (para qué sirve un lugar determinado), los motivacionales (qué se busca en un lugar determinado) y los evaluativos (qué opino, cómo me siento en y cómo valoro un determinado lugar). En una perspectiva más individual pero políticamente sensible, Manzo (2003) aportó datos empíricos sobre los significados emocionales atribuidos al hogar, mientras Devine-Wright y Lyons (1997) exploraron los significados simbólicos colectivos que determinados edificios tienen en el marco de la historia nacional de los países, canalizando emociones compartidas y contestadas (por ejemplo, el Palacio de la Moneda en Santiago de Chile). En relación al espacio público, Carr, Francis, Rivlin y Stone (1992) han destacado en qué medida la satisfacción del derecho a la ciudad está en parte determinada por la capacidad de los lugares públicos de ser significativos psicológicamente tanto a nivel biográfico como grupal y cultural, estableciendo vínculos emocionales entre la sociedad y el territorio urbano. Desde un punto de vista directamente aplicado al apego al lugar, Low (1992) destacó las distintas formas de relación afectiva con los lugares que implican un proceso de significación personal y colectiva, resaltando entre ellas la narración como práctica cultural de transmisión de valores y sentidos del espacio de una generación a otra. En conjunto, y asumiendo un sinfín de estudios desarrollados en la misma línea, la psicología ambiental y la geografía humana han enfatizado en qué medida los procesos individuales y colectivos de atribución de significado al espacio son fundamentales en la vinculación afectiva con el lugar.

La tradición “psicologista”, representada por los estudios citados más arriba, ha sido complementada recientemente por una rama de investigación interesada específicamente en los procesos discursivos de producción del significado del lugar. Partiendo de premisas construccionistas, se asume que el foco de análisis de los vínculos afectivos con el espacio debe estar situado menos en estructuras psicológicas internas y estables, que en las prácticas lingüísticas a través de las cuales se crean, se negocian y se disputan las descripciones y valoraciones de la relación entre la persona y el espacio. En este sentido se recoge la propuesta de Bonaiuto y Bonnes (2000), para quienes el análisis de la relación persona-lugar abre un abanico nuevo de posibilidades si se exploran las estrategias discursivas y retóricas desde las cuales se construyen de forma variable versiones diferentes de la relación persona-entorno, junto con sus implicaciones sociales, morales y políticas asociadas. Di Masso, Dixon y Durrheim (2014) sistematizan esta perspectiva discursiva directamente aplicada al apego al lugar. Desde este ángulo epistemológico, el apego al lugar pasa a ser concebido como un recurso culturalmente disponible que se despliega en determinados contextos interaccionales para dar cuenta de la relación yo-entorno y, sobre todo, para llevar a cabo acciones sociales y provocar efectos localizados con valor político. Por ejemplo, en su estudio sobre un conflicto en torno a un polémico proceso de regeneración urbanística en el centro de Barcelona, que implicó la ocupación vecinal de un solar vacío para impedir la construcción de edificios nuevos en defensa de un parque, Di Masso, Dixon y Durrheim (2014) concluyeron que los ocupantes del espacio desplegaban una retórica de apego al lugar que legitimaba la ocupación al argumentar que los habitantes se sentían intensamente vinculados emocionalmente a un espacio que ya “sentían como propio”. Por otro lado, otro sector del vecindario retrataba la relación afectiva de los vecinos con el entorno como una relación de desagrado y desapego, al estar el espacio presuntamente sucio y mal mantenido, lo cual permitía legitimar el desarrollo urbanístico oficial contra la ocupación del solar. En definitiva, la perspectiva discursiva entiende la vinculación afectiva con los lugares como una práctica social que se configura, se realiza y se realiza activamente a través del habla y del texto.

Tercera aproximación: las prácticas materiales como base para la creación y vivencia del afecto hacia el lugar

Una tercera manera de aproximarse a la relación entre afectos y espacio implica focalizar en las prácticas materiales a través de las cuales el afecto hacia el lugar es creado y vivido. Este planteamiento es reciente en el campo de la psicología ambiental y responde a un conjunto de críticas y limitaciones planteadas a la perspectiva discursiva, principalmente al considerar que su foco en los aspectos lingüísticos no incorpora en su lectura el rol de los elementos materiales en la construcción del afecto.

Desde esta posición, los análisis pretenden superar los dualismos irreconciliables (discurso-espacio, emoción-discurso, etc.), evitando la reificación de cada uno de los componentes que configuran el lugar, es decir, no otorgándoles un estatus ontológico independiente a uno respecto del otro (el discurso como una cosa en sí, sustantivamente delimitada, a la que se agrega el espacio como otra cosa en sí y que se añade a la emoción como otra cosa en sí, etc.). Esta perspectiva rehúye colocar una condición o componente en relación de subordinación respecto del otro, al menos como punto de partida (no considerar que lo discursivo viene antes de lo físico ni viceversa, o que lo emocional es pre-discursivo, o que la corporeización depende de lo afectivo, etc.), y trata de problematizar las conceptualizaciones típicamente construccionistas, si bien al mismo tiempo procura aprovechar aspectos de las mismas que permitan mantener intactas las propiedades exclusivas del discurso como lenguaje en uso frente a otras prácticas significantes (entre ellas, pero tampoco exclusivamente, las materiales).

Como plantean Di Masso y Dixon (2015), se trata de considerar que las prácticas significantes no discursivas (no lingüísticas) que intervienen en la producción del espacio, entre ellas la materialidad y los cuerpos emplazados, constituyen propiedades y procesos al mismo nivel que las producciones discursivas, creando, produciendo y modificando las relaciones humano-ambiente como una unidad indisoluble, inestable y permanentemente emergente. Por tanto, nuestra experiencia del lugar es un fluir variable dentro de un proceso eminentemente afectivo, definido por una configuración siempre emergente de características arquitectónicas, urbanísticas, tecnológicas, personales, sociales, sensoriales, etc. De esta forma, lo material está penetrado por fuerzas pre-reflexivas que constantemente reordenan lo urbano como experiencia vivida, asociado a una serie de condiciones de posibilidad de los discursos que hablan de ella, condiciones territoriales que configuran materialmente un espacio, condiciones corporales referidas a la implicación de los cuerpos en el espacio y condiciones emocionales que significan el espacio a partir del despliegue afectivo con valor significante.

De acuerdo con este planteamiento, el control territorial del espacio es una forma de instituir el propio espacio (Di Masso, Dixon y Durrheim, 2014), es decir, realizando transformaciones físicas materiales que cambian el espacio y generan así nuevos discursos sobre él. En este proceso juega un papel importante la geo-indexicalidad, esto es el sentido que adquieren los signos (incluyendo las palabras) dependiendo del lugar concreto en que están emplazados. Del mismo modo, lo que significa social y psicológicamente un espacio requiere frecuentemente implicar los cuerpos en ese espacio, ya que los cuerpos ejecutan acciones congruentes con el espacio que es ocupado a partir de un repertorio de prácticas normativas que producen el sentido y la forma misma de ese espacio concreto (Dixon y Durrheim, 2003).

Di Masso y Dixon (2015) proponen el concepto de “ensamblaje de lugar” para explorar estas prácticas significantes en las que aspectos tangibles e intangibles se rearticulan permanentemente en unidades inestables, cuya comprensión requiere situar el foco en la articulación misma (es decir, en la acción de ensamblaje), sobre la premisa de que cada aspecto o propiedad se significa en reciprocidad simultánea con el resto. Esta analítica de la articulación permite superar los dualismos habituales en la exploración de la relación persona-entorno, entendiendo esta misma relación como una articulación que define de partida los dos términos puestos en juego (términos relativos a cosas que no son nada, ontológicamente hablando, antes de la propia articulación). Para estos autores, el concepto de ensamblaje operaría a nivel ontológico, en tanto por una parte define una unidad de análisis; a nivel metodológico, ya que supone una dificultad técnica de cara a una recolección de datos que permita capturar la interacción emergente entre las características materiales, las relaciones encarnadas y las construcciones lingüísticas del lugar; y a nivel analítico, al implicar al/la investigador/a en la reconstrucción interpretativa del momento de ensamblaje como un elemento más del mismo.

A modo de ilustración: vínculos afectivos en procesos de transformación urbana por desastres socio-naturales

Los ejemplos que ofreceremos para ilustrar cada aproximación teórica son los resultados de una investigación Fondecyt sobre vínculos socio-espaciales en cuatro casos de desastres socio-naturales en Chile (Berroeta et al., 2016; Berroeta, et al., 2015). Estos casos fueron emblemáticos entre los años 2007 y 2010, produjeron cambios en el entorno y dieron origen a distintas soluciones de reconstrucción.

Chaitén, 2008. El 2 de mayo de 2008, producto de la erupción del volcán Chaitén, fueron evacuadas 4.700 habitantes de la región. Tras la erupción volcánica, la mayoría de las viviendas fueron compradas por el Estado y se entregó un subsidio individual de subsistencia por 18 meses. Un número importante de habitantes se reasentó en distintas ciudades de la región de Los Lagos. Una de las localidades que recibió un número considerable de chaiteninos (200 familias aproximadamente) fue la comuna de Puerto Montt, específicamente la localidad de Alerce donde viven cerca de 60 mil personas (Ministerio del Interior y Seguridad Pública, s.f.).

Dichato, 2010. Ante el gran terremoto y tsunami del 27 de febrero de 2010, más del 80% de Dichato fue devastado. Los daños de la localidad provocaron que toda la población que vivía en la zona costera fuera erradicada temporalmente en aldeas de emergencias en zonas altas de seguridad. En esta situación, la aldea El Molino, en Dichato, llegó a ser considerada la aldea de emergencia post-terremoto más grande de Chile, albergando las familias por más de tres años. La reconstrucción de Dichato contempló la construcción de viviendas unifamiliares a las afueras de la ciudad, siendo una de ellas la Villa Horizonte (Ministerio de Vivienda y Urbanismo, 2010).

Constitución, 2010. En el año 2010, Constitución también fue azotada por el terremoto y tsunami del 27 de febrero. Producto de este sismo, el conjunto habitacional Santa Aurora, emplazado en lo alto del cerro O’Higgins, fue demolido y reconstruido en el mismo emplazamiento. Hoy está conformado por 48 departamentos donde viven 48 familias que residían en el conjunto original (Ministerio de Vivienda y Urbanismo, 2010).

Tocopilla, 2007. El terremoto de Tocopilla del 14 de noviembre de 2007 provocó daños estructurales mayores en el 58% de las construcciones e infraestructura de la ciudad, dejando sin hogar a cerca de 15 mil personas. La solución definitiva no mantuvo la vecindad original o la desarrollada en los barrios transitorios en el periodo de espera. Una de estas soluciones fue el barrio Pacífico Sur, con un total de 324 casas, de las cuales 58 acogen a familias provenientes del sector Huellita, 30 de El Teniente y 236 viviendas fueron asignadas a allegados históricos y allegados post-terremoto (Ministerio de Interior y Seguridad Pública, s.f.).

La investigación, de carácter mixto, recogió datos durante el año 2013, a través de mediciones individuales a una muestra no probabilística de 628 habitantes. El instrumento fue diseñado para medir una auto-evaluación respecto al barrio de origen y al barrio actual. Tal como aparece descrito en Berroeta, Ramoneda y Opazo (2015), el apego al lugar (social y espacial) fue medido a partir de una adaptación de la escala de Scannell y Gifford (2010a), con formato de respuesta tipo Likert. Se realizó un análisis factorial exploratorio que corroboró la estructura factorial de la escala original. El puntaje individual en la escala se obtuvo calculando el promedio de los ítems. Se realizó un análisis descriptivo, así como un análisis de comparación de medias por sector a través de la Prueba T Student y el coeficiente de correlación de Pearson.

En complemento a lo anterior, durante el año 2014 se realizaron 17 grupos focales, conformados por participantes de las cuatro localidades estudiadas: cuatro grupos con participantes desplazados de Chaitén, tres grupos en Tocopilla, seis en Dichato y cuatro en Constitución. Participaron un total de 117 personas, muestreados intencionalmente. Los datos producidos fueron analizados según inspiración en el análisis abierto y en el análisis axial de los datos de la Grounded Theory (Strauss y Corbin, 2002). El análisis siguió una lógica individual analizando cada localidad por separado y luego una lógica transversal desde los ejes temáticos-analíticos emergentes en todos los casos (Cornejo, Mendoza y Rojas, 2008).

Adicionalmente, recolectamos una variedad de datos empíricos de distintas fuentes, archivos de prensa y fotografías, seleccionando una serie de episodios socio-espaciales que implican construcciones discursivas del lugar, transformaciones materiales de los objetos, la arquitectura y prácticas corporales. Para ilustrar la tercera aproximación, articulamos el proceso en una estructura temporal según la relación entre sus propiedades (discurso, materialidad y corporalidad) para crear una determinada secuencia de reconstrucción narrativa de los acontecimientos. A continuación presentamos resultados para cada aproximación.

Resultados desde la aproximación, afinidad emocional individual hacia los lugares

Para ilustrar esta aproximación, se reportan los resultados del apego al lugar identificados en la medición individual, realizada mediante instrumentos estandarizados, en las cuatro localidades afectadas por desastres socio-naturales en Chile.

Apego social

En la medición del apego social entre el barrio pasado y el barrio actual se identifican diferencias significativas en todos los sectores: Chaitén p = 0,000, Constitución p = 0,007, Dichato p = 0,000 y Tocopilla p = 0,000. La variación entre el apego social en el barrio pasado y el barrio actual no tiene la misma dirección en los cuatro sectores, siendo Constitución el único sector donde el apego social actual es mayor que el apego social al barrio pasado (ver figura 1).

Apego espacial

No todos los sectores presentan diferencias significativas en el apego espacial entre el barrio pasado y el actual. Dichato (p = 0,484) es el único lugar donde la diferencia no es significativa. Los datos de los demás sectores son los siguientes: Chaitén p = 0,000, Constitución p = 0,000 y Tocopilla p = 0,024.

Se identifica que la variación entre el promedio de apego espacial en el barrio pasado y el actual no tiene la misma dirección entre todos los sectores, siendo Constitución el único sector que presenta dirección ascendente (ver figura 2).

Figura 1

Cambios en el apego al lugar social.

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Figura 2

Cambios en el apego al lugar espacial.

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En todos los procesos los niveles de apego disminuyen, excepto en Constitución, que presenta una dinámica distinta de los demás casos. Esto podría estar relacionado con la reconstrucción en el mismo emplazamiento de origen, mientras que los mejoramientos percibidos se deben a la participación e involucramiento de la comunidad en el proceso. Adicionalmente se percibe que los habitantes de Chaitén presentan los descensos más pronunciados en una gran diferencia entre el lugar de origen y el barrio actual, representando una pronunciada disminución de su vínculo. Esto se relaciona con la fragmentación de la red comunitaria al entregar soluciones habitacionales individuales fuera del emplazamiento original. Dichato posee niveles de apego social y apego espacial más altos que Tocopilla. La diferencia entre los dos procesos podría estar en que los habitantes de Dichato tuvieron un nivel de participación medio, con algún grado de incidencia en el color de las casas, el nombre de las calles e incluso en la elección de diferentes casas prefabricadas como alternativa1.

Desde la perspectiva de la afinidad emocional individual hacia los lugares, detallada en la primera sección, el apego al lugar es abordado en estos resultados como una estructura psicológica individual e interna de los habitantes afectados por los desastres, inicialmente estable pero alterada por circunstancias ambientales externas que acaban modificando el vínculo afectivo con el lugar como mediador de la relación persona-entorno. Ésta se considera mensurable y objetivable a través de los instrumentos y técnicas estadísticas correspondientes, más allá de la naturaleza y la singularidad semántica del apego (enfoque fenomenológico) o de las prácticas colectivas que producen el apego al lugar como propiedad de las relaciones sociales puestas en juego (enfoque de la producción de significados).

Resultados desde la aproximación a la producción de significados sociales, desde los que se elaboran los vínculos afectivos con el lugar

Como ya señalamos, la perspectiva discursiva entiende la vinculación afectiva con los lugares como una práctica social que se configura y se realiza activamente a través del habla y del texto. De esta manera, en los relatos de las personas que habitan barrios reconstruidos o que fueron desplazadas por desastres socio-naturales, reconocemos cómo las versiones que expresan y significan afecto hacia el lugar son utilizadas para legitimar distintas acciones sociales con base en la construcción particular del vínculo con el lugar que se expresa. Ejemplificaremos este proceso, en primer lugar, mediante la interpretación discursiva de extractos específicos seleccionados de las entrevistas grupales de los participantes, y, en segundo lugar, a partir de la referencia de un trabajo mayor publicado recientemente en esta revista (Berroeta et al., 2016) donde exploramos los significados asociados al espacio público en los mismos participantes.

Extracto 1

“Lo conversamos, como estaba esto como alineado, nos dijeron ya, elijan ustedes los pisos y lo fuimos conversando, porque esa era la idea, conversarlo bien y que nadie nos viniera a imponer, ya usted se va a vivir a tal piso, no queríamos llegar a eso, queríamos llegar a un acuerdo y además ya éramos pocos porque los demás ya se habían ido pa’ otros lados, habían elegido irse pal bicentenario porque había gente que pagaba arriendo, y entre pagar arriendo mejor me voy a mi casa, usted comprenderá y mucha gente optó por eso, o sea no fue mi caso porque yo igual pagaba arriendo pero preferí esperar porque este es mi barrio, yo estoy aquí desde niña, es el barrio de mis abuelos, ellos vivían allí en Santa María, era muy importante, uno venía para acá, entonces uno se vino a vivir con el abuelo y se quedó porque además el abuelo era muy importante, era muy querido entonces, yo opté por eso, este es mi barrio…” (mujer, Santa Aurora, Constitución).

En el extracto 1, la alusión al apego al barrio, a la trayectoria biográfica y a la decisión de optar por esperar la construcción definitiva son utilizados como referentes de justificación para reivindicar la necesidad de tomar decisiones respecto a la distribución de los departamentos.

Extracto 2

“Nos mostraron el plano, pero no nos gustó porque eran [edificios] de seis pisos y nosotros no queríamos de seis porque se podían caer, teníamos miedo porque se habían caído de cinco pisos, imagínese de seis, entonces nos bajaron a cuatro pisos” (mujer, Santa Aurora, Constitución).

En el extracto 2, la referencia al miedo justifica y fundamenta la legitimidad de la demanda colectiva de los habitantes del barrio por limitar la altura de la construcción de los edificios de viviendas.

Extracto 3

“Igual era mejor que acá. Aquí a uno no le interesa lo que pase con el resto, con su vecino que está al lado, nada. Allá era distinto porque había comunicación, se visitaban los vecinos, ¿cómo está vecino? Acá no. Yo echo mucho de menos eso” (hombre, Los Alerces, Chaitén).

En el extracto 3, el apego al lugar es reificado y reconstruido desde la diferencia entre el lugar pasado y el lugar presente, a partir de la valoración de un tipo de vínculos sociales que son deseables y que representan el ideario normativo de la vida comunitaria.

En un trabajo anterior (Berroeta et al., 2016) exploramos los significados asociados al espacio público en los habitantes de estas localidades e identificamos cómo los tres grandes marcos discursivos del espacio público -perdido, cívico y en disputa- están presentes y producen determinados vínculos afectivos con los lugares. De esta forma, identificamos que la pérdida de elementos tanto individuales como comunitarios convergen en un discurso pesimista que reproduce el discurso del espacio público perdido; que la búsqueda de adaptación y las prácticas de intervención para mejorar la calidad de vida de los habitantes se fundamentan desde en una narrativa optimista propia del discurso cívico del espacio público; y en tercer lugar, que la significación de conflictivo asociada a la visión de que el espacio no es controlado libremente por sus habitantes, sino que es un espacio en disputa con el Estado y con las instituciones privadas, despliega un relato sintónico son el discurso de un espacio público en disputa.. Es así́ que registramos la coexistencia de relatos del espacio público que se asocian al paradigma territorial de la civilidad y del consenso, o bien a la nostalgia romántica de un espacio idílico del pasado, pero también como un territorio de contestación y disputa para la consecución del derecho a la ciudad.

Como indicamos en ese análisis:

estos discursos tienen un valor retórico e ideológico en el marco de procesos políticos y sociales más amplios de (des)legitimación de las estrategias de regeneración del entorno específicas de cada caso. Esta afirmación implica que lejos de tener un valor descriptivo, en el contexto de los procesos de duelo y reconstrucción socio-territorial derivados de un desastre socio-natural, estos tres discursos sobre el espacio público funcionan social e institucionalmente como un recurso más de las comunidades afectadas y los poderes públicos para justificar o contestar modos de producción urbana, en último término debatibles desde el punto de vista de la calidad de vida, la cohesión social, la justicia y la equidad (Berroeta et al., 2016).

Resultados desde la aproximación a las prácticas materiales como base para la creación y vivencia del afecto hacia el lugar

Para ilustrar esta aproximación se utiliza como ejemplo el caso del conjunto habitacional Santa Aurora, en el sector del cerro O´Higgins en Constitución. A través del análisis de diversas fuentes de información, proponemos una lectura del lugar como ensamblaje que permita comprender cómo los elementos materiales y discursivos están imbricados de un modo dinámico en el proceso de reconstrucción de las viviendas destruidas por el terremoto del año 2010. Esto nos permite ilustrar en qué medida el apego al lugar se forja en el interior de una práctica semiótico-material inserta en un contexto temporal, interaccional, cultural e institucional específico.

En el año 2010, Constitución fue sacudida por el terremoto y tsunami del 27 de febrero. Producto de este sismo, el conjunto de viviendas sociales Santa Aurora, que presentaba serios problemas estructurales, colapsa, mueren ocho personas y los edificios son demolidos. Durante los años de reconstrucción, la mayoría de las familias vivieron en viviendas de emergencia y participaron activamente en acciones de demanda para que se reconstruyeran los edificios con mejores condiciones. Finalmente, en el año 2013 el conjunto es reconstruido en el mismo emplazamiento y se entregan los edificios con 48 departamentos de 55 m2 para las 48 familias, agrupados en tres bloques de cuatro pisos cada uno y acogiendo a 149 personas aproximadamente. Hoy en día, el conjunto posee una junta de vecinos y un comité de copropiedad. Y sus espacios públicos incluyen estacionamientos, un jardín, un quincho, áreas de juegos y una pequeña cancha de fútbol. Los vecinos expresan un apego significativo por su nuevo barrio, lo consideran un lugar seguro y tranquilo, y valoran el hecho de haber podido conservar, en su mayoría, a sus vecinos antiguos. Además agradecen la posibilidad de contar con espacios públicos y destacan el hecho de que estos lugares permitan una mejor vida en comunidad.

Derrumbe y reconstrucción del conjunto Santa Aurora en el cerro O’Higgins, en Constitución

En el caso del proceso de reconstrucción del barrio, emerge el ensamblaje de un conjunto de elementos. El colapso de los edificios como consecuencia del terremoto del año 2010 y la muerte de ocho personas en el lugar, crearon un contexto material que modela el discurso y la emoción emergentes de los residentes sobre la naturaleza del proceso de reconstrucción. Un antecedente material que construye y legitima este discurso es el reconocimiento de la autoridad política de las fallas estructurales de los edificios previo al terremoto, mediante una carta oficial del Ministerio de Vivienda y Urbanismo (2007) que es enviada a cada familia:

Extracto 1

“Su deuda hipotecaria con el SERVIU será totalmente cancelada, una vez tramitado el correspondiente decreto, por cuanto su vivienda se encuentra emplazada en una población que pertenece al catastro confeccionado el año 2005 por el MINVU para el Informe de la Comisión de Vivienda de la Cámara de Diputados con fallas en su construcción.”

Tras el desplome y desalojo de los edificios aparece un grafiti2 cuyo emplazamiento significa el entorno geo-indexicalmente y viceversa (el grafiti se emplaza en el edificio donde fallecieron las ocho personas, el cual dota al discurso del grafiti de un valor simbólico particular). Esta acción discursiva geo-indexical y materialmente grabada en el paisaje urbano se vincula retóricamente con el proceso de reconstrucción urbanística, en el marco de los problemas estructurales de los edificios y la muerte de personas. La frase “¡Queremos una solución urgente!” es emparejada con la frase “Que asuman su responsabilidad los criminales que construyeron estos edificios, ocho muertos”. En este ensamblaje, el lenguaje-en-el-espacio cumple una función política de protesta, otorgando un sentido particular al lugar en apoyo a una reivindicación cuyo valor político demanda una articulación emplazada entre ese discurso (y no otro) y ese lugar, en ese momento concreto.

La principal forma de acción social utilizada por los habitantes para crear, producir y modificar el proceso de reconstrucción, junto con la acción discursivo-material, fue a través de prácticas corporales. La implicación de los cuerpos en el espacio, mediante distintas formas de protestas colectivas en el espacio público, abrió nuevas instancias que cambiaron las dinámicas de relación con la autoridad y construyeron un discurso heroico de la participación en el proceso, que produjo un apego espacial más fuerte y un sentimiento de control. Como afirman los habitantes de Constitución, el hecho de ‘tomarse la carretera’ permitió reconfigurar el espacio y el diálogo con las autoridades.

Extracto 2

“Juntamos peso por peso pa’ que fueran a Santiago las vecinas, la que era la directiva, y fueron a hablar con la, como se llama, la ministra de vivienda…queee, puras chivas poh, íbamos a ser los preferidos, nosotros, iban a empezar las construcciones por nosotros y toda la cuestión, echaron a esa ministra, dijimos ¡nosotros ya aquí no nos van a tomar en cuenta pa’ na’! Ya, fueron a Santiago. Otra vez fueron como tres veces, ya, después ¿qué hacemos? No pasa na’… ¡tomémonos la carretera, tomémonos la carretera…! Y una noche a las 4 de la mañana empezamos a tomarnos la carretera, hasta las 10 de la mañana, y ahí ya empezó, llegó el SERVIU, llegaron los gobernadores y toda la cuestión… ahí nos escucharon”.

Extracto 3

“Entrevistador: ¿Qué cosas han hecho ustedes que han ayudado a que estén bien ahora? Hombre 1: El empeño que pusieron las vecinas en reclamar, en “meter boche”. Mujer 1: Que molestamos harto al presidente, nos tenían miedo. Cuando vino a entregar a Chacarillas y nosotros nada. Ahí fuimos a meter ruido al presidente, con tapas de olla. Nos tenían miedo ya los del SERVIU3, éramos nombrados, ‘ahí vienen las del cerro O’Higgins’, ¡y no nos dejaban entrar! ¡Y nosotros por donde fuera pasábamos! Se nos arrancó el presidente, nos íbamos a juntar en un departamento, pero se escapó y nos encerraron a todas en el departamento, ¡a todas! Él se vino pa’ acá pa’ la playa ¡y pa’ acá lo siguieron! Mujer 2: Con el ministro tuvimos una reunión. La vecina que era presidenta lo siguió hasta allá, incluso se la iban a llevar hasta presa. Si la habían llevado, pero al final la tesorera y la presidenta terminaron conversando con él ahí en el SERVIU. Mujer 1: No, si hinchamos harto, pero fue pa’ bien”.

Estas prácticas corporales se mantuvieron durante la planificación y construcción material de los edificios. Los vecinos participaron masiva y activamente en el proceso. En este punto, los cuerpos congregados masivamente en asamblea constituyen una articulación cuerpo-discurso, en tanto acción política que reafirma la posición de la comunidad frente al proceso de reconstrucción, que finalmente tiene efectos materiales sobre el diseño y construcción de los edificios resultantes. En el extracto 4 se describe la incidencia en los cambios materiales que tuvieron los habitantes de los edificios.

Extracto 4

“Mujer 1: Aquí nosotros decidimos todo… Mujer 2: Las ventanas… Mujer 1: Nosotros queríamos las ventanas a como fuera, el baño a como fuera, como fuera esto, todo, nosotros decidimos… Mujer 2: El baño iba a ser igual como los que teníamos antes… hacíamos una reunión, nosotros decíamos que queríamos que el baño tuviera ventanas hacia afuera, si…. y nos decían: pero si el plano ya está hecho… y yo le dije: pero ¿cómo, qué importa? ¡Es un papel! Si todavía no están hechos… ¿y sabe qué? ¡Tuvieron que hacer todo el plano de nuevo! Sí poh, si era la casa de nosotros y ahí después ya quedamos tranquilos… el SERVIU nos llamaba a reunión para mostrarnos los planos. Mujer 1: Cómo iba la construcción… Mujer 2: Veníamos en tanto empezaron la construcción, nos traían en grupos a casi todos los que nos íbamos a quedar, a todos nos citaban. Mujer 1: Yo hacía reunión y hacía grupos de 10 tal día… Mujer 2: Veníamos a ver la obra. Mujer 1: Don J. me decía: mire, tal día pueden entrar a ver cómo va la obra, usted haga la listita de las personas que quieren ir ese día y así todo, hasta que terminaron. Mujer 2: Y decíamos esto nos gusta…”

El punto de este breve ejemplo no es ofrecer una descripción exhaustiva de los acontecimientos que llevaron a la edificación final del conjunto habitacional Santa Aurora, sino que ilustrar cómo tales eventos mezclaron un conjunto complejo de prácticas en las que el discurso, la materialidad y el cuerpo estaban constantemente implicados. En este proceso de reconstrucción espacial, un complejo conjunto de prácticas tangibles e intangibles sirvió para crear una forma particular de relaciones persona-entorno, que incluyeron discursos, rayados de pared y tomas de espacios públicos, entre otras acciones. Este ensamblaje generó el particular apego que los vecinos de este barrio tienen con su espacio.

Notas sobre la consideración del apego al lugar en el diseño de la ciudad

Este artículo ha presentado, a través de la revisión del concepto de apego al lugar, un marco teórico para examinar los vínculos afectivos en los espacios urbanos. Para ello se han revisado tres aproximaciones teóricas que definen diferentes formas en las que se producen y viven los afectos al lugar. Es de nuestro interés cerrar este texto ilustrando, con base en los resultados y conclusiones de nuestras investigaciones, algunas potenciales implicancias prácticas que tiene la consideración y uso del concepto, de modo de explicitar una contribución específica que el campo de los estudios psicoambientales tiene dentro del enfoque interdisciplinar del hábitat residencial.

La primera aproximación, centrada en la afinidad emocional a los lugares, nos permite cuantificar, a través de mediciones estandarizadas, quiénes se apegan y cuánto se apegan. Es posible evaluar los sentimientos hacia el lugar en diferentes escalas territoriales (casa, barrio, ciudad), así como diferentes dimensiones constituyentes del apego, tales como el vínculo con ambientes naturales, el vínculo comunitario y la dependencia del lugar. Esto resulta particularmente relevante para tomar decisiones de diseño y evaluar efectos de programas que intervienen el lugar. Por ejemplo, restauraciones patrimoniales, mejoramiento de infraestructura de vivienda y/o comunitaria (ej.: Programa Quiero Mi Barrio en Chile) o proyectos de reconstrucción de viviendas y espacios públicos tras desastres socio-naturales. También permite evaluar el apego al lugar y la satisfacción en procesos de relocalización tras desastres socio-naturales, erradicación de campamentos o procesos de reubicación en general.

La segunda aproximación, centrada en la producción de significados, que explora la producción de significados sociales desde los que se elaboran los vínculos afectivos con el lugar, es una manera comprehensiva de entender por qué y de qué manera las personas se apegan. Ella permite dar cuenta de procesos más complejos de apego al lugar, al incluir la dimensión ideológica y discursiva; y además reconoce que la relación de los habitantes con un lugar suele ser compleja, dinámica e incluso contradictoria. En consecuencia, la visión interna de los habitantes se construye intersubjetivamente incorporando las visiones externas del lugar, en un proceso de mediación de la valoración final del lugar. Desde esta posición podemos conocer y comprender la confrontación de valoraciones y discursos sobre el lugar que habitualmente se produce entre residentes y autoridades frente a la toma de decisiones sobre la intervención del territorio; mientras para los residentes la significación se construye más por la implicación personal e histórica en la construcción del lugar, para las autoridades muchas veces prima más el valor estético o el deterioro funcional del entorno. En efecto, se pueden crear discursos distintos para validar o invalidar ciertas agendas, legitimando una u otra posición ideológica y normativa. La sensibilidad para captar cómo distintos actores crean discursos sobre lugares es una herramienta importante para manejar conflictos en el territorio e identificar estructuras de poder hegemónicas.

La tercera aproximación, centrada en las prácticas materiales, incluye las agencias significantes no discursivas (no lingüísticas) en la creación y vivencia del afecto hacia el lugar, y entiende el proceso como un ensamblaje entre aspectos materiales, relacionales y construcciones lingüísticas. Desde esta posición no se busca entender una porción de la realidad, sino elaborar una reconstrucción interpretativa de la multiplicidad de elementos que se articulan en la construcción del vínculo. Esta aproximación permite comprender el proceso (semiótico material) mediante el cual se apegan los sujetos. Es por ello que invita a entender el lugar desde múltiples aspectos y pone atención a elementos tales como: rutinas cotidianas de los habitantes, uso y creación de símbolos en el espacio, elementos sensoriales, uso del cuerpo y su implicancia en el espacio, entre otros. Potencialmente, por ejemplo, nos permite explicar de una manera más holista el sentido de pérdida de aquellos habitantes que han debido relocalizarse tras desastres socio-naturales, comprender las estrategias que las comunidades utilizan para visibilizarse y abrir espacios de negociación (ej.: ‘tomarse la carretera’), y reconocer cómo determinados elementos físicos se convierten en símbolos de nuevos discursos acerca del lugar, que legitiman las prácticas de contestación. También da luces de medidas para la nueva significación de lugares afectados por desastres, tales como la importancia de lugares de memoria o conmemorativos que facilitan la resignificación colectiva del espacio tras una tragedia.

En el mismo sentido anterior, y considerando que parte del éxito en la planificación urbana depende de la comprensión de la emoción (Baum, 2015; Hester, 2014), entregamos algunas recomendaciones para tener en cuenta en procesos de reconstrucción de lugar:

  1. No desapegar a la comunidad de su lugar, prefiriendo mantenerla en el mismo emplazamiento de origen. Especialmente en situaciones de transformación del espacio y amenaza, considerar y respetar el apego al lugar puede evitar sentimientos de malestar, tales como tristeza, nostalgia y estrés, así como el quiebre de modos de vida y de las redes comunitarias.

  2. En el caso de que el emplazamiento de origen sea un área de riesgo, y el reasentamiento sea la solución más digna para garantizar la vivienda adecuada, hay que considerar el respeto, la protección y la realización del apego a un lugar digno, es decir, garantizar la seguridad de los habitantes y promover activamente sus vínculos con el territorio (Carvalho y Cornejo, 2017; Chardon, 2010).

  3. Los procesos de participación comunitaria facilitan el rehacer los vínculos con el espacio y la satisfacción residencial. Decisiones respecto a la materialidad y la organización de la vivienda y de los espacios públicos pueden considerar los procesos individuales y colectivos de atribución de significado, las estrategias discursivas y retóricas desde las cuales se construyen versiones diferentes de la relación persona-entorno, junto con sus implicaciones sociales, morales y políticas asociadas cuando se pone a los distintos actores y actrices a dialogar. Reconocer cómo distintos actores crean discursos sobre lugares es una herramienta importante para manejar conflictos en el territorio e identificar estructuras de poder hegemónicas.

  4. La experiencia del lugar es dinámica, transformándose según características arquitectónicas, urbanísticas, tecnológicas, sensoriales, emocionales, etc. Comprender el lugar a partir de este ensamblaje permite entender la importancia de determinados lugares y su articulación con prácticas sentidas para la comunidad. El modo como estas prácticas corporales se expresan permite conocer la configuración del espacio y orientar la producción de los procesos de reconstrucción.

Con este texto esperamos contribuir a la reflexión interdisciplinar en torno al papel de las emociones y los afectos en la producción, transformación y pérdida del lugar, con la expectativa de colaborar a que los procesos de planificación sean más comprensivos a las dinámicas del apego al lugar en los habitantes de las comunidades.

Agradecimientos

Trabajo desarrollado en el marco del proyecto Fondecyt nro. 11121596, “Vínculos socioespaciales en contextos de transformación urbana producida por catástrofes naturales”. El artículo es parte del trabajo que el primer autor realiza en el Centro de Investigaciones de Vulnerabilidades e Informalidades Territoriales de la Universidad de Valparaíso.

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Y.F. Tuan 1977Space and place: The perspective of experienceMinneapolisUniversity of Minnesota Press

Notas

1 Para una revisión detallada de parte de estos resultados, ver Berroeta et al., 2015.

Notas

2 Se puede apreciar una imagen del grafiti en el conjunto Santa Aurora del Cerro O’Higgins, de Constitución, en http://www.emol.com/noticias/nacional/2012/05/03/538640/dictan-fallo-por-el-desplome-en-edificio-serviu-durante-terremoro-que-mato-a-8-personas.html.

Notas

3 Sigla del Servicio de Vivienda y Urbanismo, del Ministerio de Vivienda y Urbanismo de Chile.


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