Skewes Vodanovic, J., Trujillo Bilbao, F., & Guerra Maldonado, D. (2017). Traer el bosque a sus domicilios. Transformaciones de los modos de significar el espacio habitado. Revista INVI, 32(91), 23-64. Como citar este artículo
Skewes Vodanovic, Trujillo Bilbao, and Guerra Maldonado: Traer el bosque a sus domicilios. Transformaciones de los modos de significar el espacio habitado



Introducción

Solo un sesgo teórico muy pronunciado podría haber omitido las emociones en la comprensión del hábitat residencial. Sin embargo, el sesgo ocurrió y una buena parte del desarrollo de las ciencias sociales ha transitado por la vertiente racional en la interpretación de los fenómenos humanos y, en particular, del acomodo de las personas en el mundo. En su condición basal, dicho acomodo se corresponde con el vínculo afectivo entre lo habitado y quien lo habita. Tal es la fuente de la seguridad ontológica del habitante1. Winnicott (1965) sugiere que los fundamentos psicológicos de este vínculo devienen de la separación del niño respecto de las figuras que lo nutren y de la necesidad de ejercitar algún control sobre ese mundo ajeno que es el no-yo. Los objetos, desde esta perspectiva, se prestan para sustituir lo perdido, evocando la figura protectora, reduciendo la ansiedad y creando la ilusión del control. En este contexto surge el dominio transicional que, al modo de una tercera esfera, se interpone entre la interioridad del sujeto y la exterioridad de las cosas. Esta esfera, sugiere Winnicott, permanecerá como el lugar de reposo para quien se ve enfrentado a la perpetua tarea de conciliar su interioridad con la realidad de la que es parte.

La inclusión de las emociones en la agenda de investigación de las ciencias sociales es relativamente reciente; ello debido a una tradición de pensamiento anclada en diversas formas de cartesianismo que permean tanto las metodologías como la discusión teórica de la investigación social. Con el posicionamiento central del positivismo, y su distinción entre lo objetivo y lo subjetivo, se comienza a asociar a la emoción y al afecto una serie de cualidades presuntamente incompatibles con el trabajo científico, como la irracionalidad y el indisciplinamiento, condiciones que luego fueron convertidas en atributos femeninos como mecanismo de legitimación de la dominación masculina en la producción de conocimiento (Bolufer, 2007).

Las ciencias sociales progresivamente han incorporado los afectos y las emociones en la explicación de diversos fenómenos de su interés, como la magia en los trabajos de Mauss (1971), avanzando más allá de categorías rígidas y eurocéntricas que comprendían estas actividades como irracionales. Evans-Pritchard (1976), aún dentro de los márgenes de la racionalidad, rompe con estas tradiciones al develar la lógica subyacente a las prácticas de hechicería. En tanto, Lévi-Strauss (1971), con su estudio acerca de la eficacia simbólica, da un paso significativo en lo que hoy se describe como performance. Estos ejemplos dan cuenta de una amplia gama de fenómenos sociales donde los elementos subjetivos no pueden ser obviados. A fines del siglo XX, los trabajos de Bourdieu y Foucault se convierten en puntos de inicio para dar cuenta de las relaciones entre vida cotidiana, cuerpo, dominación, espacio y la producción de experiencias afectivas (Bolaños, 2016). En el campo de la antropología, autores como Geertz (Atencia Escalante, 2005) y muy especialmente Le Breton (2012) han avanzado en el estudio de las emociones como parte de una cultura afectiva, esto es, articuladas con un repertorio significativo que junto con particularizarlas históricamente las proyectan más allá de la esfera de lo individual o lo biológico.

La pregunta acerca de las emociones ha estado presente en los debates más álgidos de la antropología: ¿Son las emociones universales o culturalmente contingentes? (Sáenz, 2004). A partir de la discusión, particularmente de los aportes de Michelle Rosaldo (1980), se abre el campo de la antropología de las emociones que posiciona a los afectos como construidos socialmente y diferencialmente expresados, vinculando la subjetividad con procesos sociales mayores (Bolaños, 2016, p. 179). Se acepta así que los afectos están ligados íntimamente a las formas específicas en que se modelan las relaciones de saber-poder y que la práctica antropológica en su etapa de reflexividad no podría omitir (Gómez Ruiz, 2013). Middleton (1989), por su parte, ha optado por usar el concepto de estilo emocional para dar cuenta de la experiencia individual en relación con las estructuras morales y cognitivas derivadas del grupo, las que proporcionan, a su vez, el significado y la motivación por los cuales los individuos interpretan su yo en la vida cotidiana. Le Breton (2012), como se ha señalado, prefiere el concepto de cultura afectiva, la “que impregna su relación con el mundo”, al tanto que moviliza y da sentido y significado a las emociones. En este aspecto sostiene que:

la emoción no tiene realidad en sí misma, no tiene su raíz en la fisiología indiferente a las circunstancias culturales o sociales, no es la naturaleza del hombre lo que habla en ella, sino sus condiciones sociales de existencia que se traducen en los cambios fisiológicos y psicológicos (p. 70).

A pesar de los progresos en este campo, la constatación de lo social de los afectos o de su injerencia en la modelación de espacios, tránsitos y asentamientos es todavía una deuda de las ciencias sociales. Es a subsanar en parte aquella deuda lo que el presente estudio busca contribuir, mediante la constatación del papel de las emociones y los afectos en la construcción de lugar. La geografía practicada por el actor cobra significado en el vínculo afectivo que se incorpora a la experiencia identitaria personal y colectiva (Basso, 1996), esto es, en la medida en que es historizada. La relación se hace carne en las formas de residencia que los actores locales despliegan para coexistir creativamente con la materialidad de la que son parte (Bunkše, 2007). De este modo se visibilizan formas de integración entre espacios y personas que no se reducen exclusivamente a relaciones de contemplación o de admiración estética, sino que incorporan sistemas de interconexión con el mundo de los seres no humanos y de las cosas (Conradson y McKay, 2007).

Las prácticas residenciales se anclan en espacios cuyas reminiscencias emocionales confieren sentido a las y los residentes. Tales prácticas, como lo sugiere Lévi-Strauss, configuran el medio de manera que sus propiedades emergentes adquieren sus significados “según la forma histórica y técnica que cobra tal o cual género de actividad” (1962, p. 142). La aproximación etnográfica a los casos particulares permite develar las articulaciones emocionales y prácticas que van conformando la habitabilidad de un territorio y que desembocan en su lugarización, esto es, en su preñez emocional y semiótica (Criado, 1999; Tuan, 1979; Zedeno, Austin y Stoffle, 1997).

En su afán despersonalizador, la mercantilización del territorio tropieza con una topografía emocional que alienta la resistencia de los grupos locales a hacer abandono de lo que constituye, más allá de la propiedad, parte de su ser. Elsa Ramos (2006) plantea que frente a la volatilidad de las identidades que caracteriza a la sociedad contemporánea, los lugares que el sujeto habita actúan como un contrapeso a la inestabilidad de las identidades actuales. Entre todos, es el lugar de origen -con sus olores y sus materialidades- el que permite aspirar a dar coherencia a la experiencia de quienes ven erosionadas sus identidades en virtud de los procesos de aceleración global.

En su tenacidad afectiva, los productores rurales, bajo nuevas condiciones históricas, aspiran a conservar su autonomía y sustentabilidad, a la vez que encontrar nuevos aliados entre otras especies, como lo son las abejas y los árboles del bosque nativo. Tales, como se verá más adelante, son procesos emocionales que se definen prospectivamente en función de nuevas alianzas entre seres humanos y no humanos, entre grupos y personas, y entre escalas globales y locales (Ruiz y Galicia, 2016).

La pregunta acerca de qué es lo que hace habitable al mundo no queda resuelta con la existencia de facilidades -o provisiones, en el lenguaje de Gibson (2015). La habitabilidad remite al apego de una persona a un territorio en particular, a la íntima identidad que se crea y recrea entre aquella y una determinada porción del planeta, teniendo presente que el sentido de lugar es informado por un colectivo, pero finalmente experimentado a nivel personal. Esa noción se inscribe en el tránsito desde la idea de producto (hábitat) a la del proceso (acción del habitar), modificándose con ello los ejes mismos de la reflexión geográfica acerca del mundo. Tres son los sentidos que, de acuerdo a Lazzarotti (2015), se han dan dado al concepto de habitar: primero, la de estar en el mundo (la experiencia de cohabitación); segundo, la naturaleza espacial de la vida (la vida se hace en el espacio), y, tercero, la relación dialéctica entre lo que hace y lo que es hecho (la habitación se construye al construir el espacio). En la perspectiva de este autor, el habitar se torna en condición de la geografía, asumiéndose ya no solo la dimensión del espacio habitado, sino que también la del habitante cuya espacialidad, marcada por su impronta, se vuelve constitutiva de su identidad y, al mismo tiempo, le lleva a vivir la vida compartida, a la cohabitación.

El habitar, para Alicia Lindón (2014), es una experiencia primigenia que ocurre de modo constante en el flujo de la vida. Las personas son seres territorializados que construyen su identidad en uno o varios lugares, o entre varios lugares al mismo tiempo. Su existencia es intersticial y vinculante. Los otros, con quienes se establecen relaciones especulares en la configuración identitaria, son igualmente parte de esos lugares. En la identidad de toda persona, sugiere la autora, existe una parte que se relaciona con los lugares habitados, lo que convoca a una mirada geográfica. En este sentido, la construcción de lugar no solo se corresponde con la historia localmente vivida sino que también con la de su creación y con la recreación de lo allí sucedido a través de las distintas generaciones (Basso, 1996).

Los lugares importan marcas emocionales abiertas a las sucesivas capas de la historia colectiva. Alicia Lindón explora estas marcas en aquellos espacios impregnados por la violencia, sugiriendo que: “La forma espacial encarna la violencia/miedo, y por su misma materialidad induce a que el sujeto que la experimente, intente [eludir] el lugar así marcado simbólicamente” (Lindón, 2008, p. 2). Ello no niega que las mismas formas espaciales puedan trocar su sentido en nuevos contextos históricos. Los lugares son, en este último sentido, mutantes, novedosos, abiertos a las transformaciones que sus habitantes dispongan, no obstante ser ellos mismos sujetos a las posibilidades y constricciones que se les imponen.

Dada la íntima conexión que se da entre un orden emocional y la dimensión afectiva que aquel expresa, en este artículo se han fundido ambos conceptos, intentando privilegiar la dimensión espacial de los afectos y las emociones. Estos cobran especial vigencia en el pensamiento geográfico donde se les vincula con la construcción de lugar, especialmente en los trabajos de Yi Fu Tuan (1979) y su concepto de topofilia (y, por extensión, su antónimo: topofobia). Por otro lado, ha sido Davidson quien, en sus geografías emocionales, ha incluido los afectos y las emociones como una preocupación disciplinar, incorporándola a sus estudios, dimensión hasta entonces negada en la comprensión del territorio (Bonde, Davidson y Smith, 2007, p. 1). Las emociones toman lugar primero en el cuerpo y luego en otras escalas espaciales, tanto urbanas como rurales, domésticas o comunitarias (Davidson y Milligan, 2004).

La introducción de la apicultura en Chile, especialmente como una alternativa frente al decrecimiento de la actividad agroganadera, ha producido, como se discute en este artículo, una transformación radical del concepto de lugar que anima la vida cotidiana, mutando los afectos y emociones, y recreando los lazos con la tierra en que se ha nacido, relaciones que expresan procesos de cambios espaciales en múltiples escalas2. Al mismo tiempo, los fenómenos se proyectan en distintos niveles, quedando sujetos solo a las constricciones de espacio y tiempo que tempranamente identificase Hagerstrand (Predd, 1977). La geografía del tiempo-espacio permite, pues, comparar fenómenos que se constituyen en los micro-ámbitos locales con aquellos que por su naturaleza involucran vastos territorios.

La apicultura supone una transformación radical de las escalas en que se desenvuelve la vida social y afectiva de la comunidad residencial. En esta suerte de repliegue vital emerge el mundo de la inmediatez que, bajo un régimen ganadero, permaneció invisible. El amor por la alta montaña y los pasos cordilleranos, por el movimiento y la relación con el ganado, se troca por el afecto que suscita el espacio inmediato de la residencia, poblado por abejas (Apis mellifera) que no merodean más allá de los tres kilómetros a la redonda. La lección de lo inmediato acarrea sorpresas, tal como aquí se sugiere: los afectos entre humanos y abejas promueven y profundizan el conocimiento, valoración y uso residencial del bosque nativo, lo que se presenta como crucial para una convivencia virtuosa de los habitantes humanos y no humanos del sector (Moore y Kosut, 2014).

En esta transición, el valle de Colliguay representa un sitio privilegiado para el estudio de las dimensiones afectivas relacionadas con el habitar. Para este propósito se incursiona en la vida de los apicultores de la zona como habitantes vinculados afectiva, productiva y cotidianamente con el territorio, complementando su perspectiva con la de otros habitantes, especialmente un grupo de hilanderas, quienes a través de testimonios van delineando los contornos del espacio local de agricultores y ganaderos, manifestándose así un contraste, entre la lejanía simbólica con la que las hilanderas refieren al bosque, respecto de la cercanía y profundidad a la que tienen acceso los pequeños productores apícolas de la zona.

Así el texto se estructura presentando en primer lugar los afectos asociados al bosque nativo por ambos actores, para luego profundizar en las razones de sus diferencias. Posteriormente se discute cómo se relacionan los afectos con las formas y prácticas residenciales en el contexto estudiado, concluyendo que se generan distintas escalas de uso y valoración del espacio conforme a los diversos modos de vinculación afectiva y productiva.

Metodología

Las profundas transformaciones introducidas por la operación de una economía global han forzado a las poblaciones locales a migrar, a reestructurarse o a readecuarse en sus territorios. Las constricciones generadas por el mercado han requerido nuevas invenciones de viejos lugares, tanto en los medios urbanos como rurales. Estos escenarios resultan altamente sensibles para interrogar el papel que los afectos tienen en la construcción y reconstrucción de espacios que no se condicen con las infancias y adolescencias allí vividas. Es el caso de vastos sectores rurales que en su momento fueron descritos como de la nueva ruralidad (Kay, 2009), que, en definitiva, responden a la expansión del capital. El desafío para sus residentes, al menos para quienes deseen continuar con su residencia en el nuevo contexto, es el de recrear su espacio de vida, lo que supone desentrañar nuevos significados en el territorio. Un caso de especial interés es el de los productores rurales, quienes, en los últimos veinte años y estimulados por las políticas públicas, han desarrollado una actividad que les ha permitido recrearse en tierras que anteriormente dependieron de la agricultura, ganadería, pequeña minería o tala de árboles. Las abejas, en estos casos, han sustituido sus medios de vida, pudiendo, en escalas enormemente reducidas, organizar los procesos de vida y descubrir o crear nuevos significados en sus lugares residenciales.

La investigación se desarrolla en el valle de Colliguay (Figura 1), en la comuna de Quilpué, V región de Chile. En la zona se da una valiosa presencia de bosque nativo del tipo esclerófilo, el cual está conformado por especies vegetales que poseen atributos que les permiten enfrentar las dificultades ambientales asociadas al clima seco estival propio de la zona central, apareciendo por lo general en forma de matorral, renovales en laderas o como relictos (Quintanilla, 1983). Históricamente, el valle de Colliguay ha estado asociado a la producción agropecuaria, a la minería y a la producción de carbón y leña (Sapaj, 1998).

Figura 1

Área de estudio: Colliguay.

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Fuente: Elaborada por Catalina Zumaeta en base a información de SIT CONAF, 2016.

La metodología empleada en esta investigación responde a un enfoque etnográfico predominantemente cualitativo, centrado en las conversaciones con residentes, recorridos comentados y entrevistas en profundidad. Esta metodología se complementa con la aplicación de una encuesta dirigida específicamente a los apicultores, focalizándose en la relación que han desarrollado con las especies nativas que caracterizan el bosque esclerófilo. La información se obtuvo en el año 2016, aun cuando el trabajo de investigación en la comunidad se mantiene hasta la fecha de redacción de este texto.

El diseño incluye una muestra de tipo intencionada y no probabilística, que considera a los pequeños productores rurales del territorio, tuviesen o no vinculación con el bosque nativo. En esta búsqueda se reconoció a la apicultura como una actividad creciente en la zona y altamente asociada a la vegetación nativa, lo que motivó la aplicación de una encuesta a todos los apicultores identificados (23), complementada con posteriores visitas, conversaciones y entrevistas. El instrumento consideraba un eje sobre valoración, conocimiento y uso de especies arbóreas relacionadas con la actividad, así como también consideraba aspectos cualitativos sobre los saberes y prácticas -productivas, de conservación o educativas, por ejemplo- que se desarrollasen paralelamente a la apicultura.

En la tabla 1 se describe la muestra considerada, destacándose que los apicultores de Colliguay son predominantemente hombres. La información por ellos proporcionada se complementó con la reflexión con una agrupación de trece mujeres de la zona que desarrollan actividades de hilandería, con quienes se mantuvieron conversaciones grupales sobre sus conocimientos, historias y vinculación con el bosque.

Tabla 1

Apicultores encuestados de Colliguay.

Género Rango etario %
Masculino Adulto (30 a 60) 12 52%
Adulto mayor (+ 60) 8 34%
Femenino Adulto (30 a 60) 1 4%
Adulto mayor (+ 60) 2 8%
Total 23 100%

[i] Fuente: Elaboración propia, 2017.

El foco de las conversaciones, recorridos guiados y encuestas realizadas tuvo por objeto conocer los cambios producidos por la apicultura y, muy particularmente, tanto del conocimiento y afectividad desplegados en torno a la actividad como del ambiente en que se desenvuelven. En el curso de las conversaciones se despliegan las tonalidades afectivas que van marcando la relación con el medio y con algunas especies del bosque esclerófilo. Dentro de ese marco se considera un eje sobre saberes productivos, medicinales, estéticos o botánicos, a la vez que narraciones sobre relaciones afectivas establecidas con el lugar.

La investigación permitió, en este sentido, conocer las transformaciones semánticas y de involucramiento práctico y afectivo que ha introducido la apicultura entre quienes fueran campesinos y trabajadores agrícolas hasta avanzada la década de 1990. Tales transformaciones conciernen a la producción de un hábitat residencial que ve reducida su escala desde las decenas de hectáreas de superficie antes trabajadas hasta la hectárea que supone la movilidad de las abejas.

Nuevos escenarios productivos, nuevas formas de habitar

Debido a las limitaciones de acceso, las características rurales del valle de Colliguay lograron extenderse por más tiempo que el promedio de las comunidades rurales del Chile central, pero inevitablemente, hacia fines de los años 1990, la proliferación de parcelas de agrado y segundas residencias, asociadas al influjo estacional de turistas, fue sintomática de la expansión capitalista en el territorio. La presencia de actividades mineras y de plantaciones de nogales en la parte alta del valle fueron coartando las posibilidades de mantener una vida asociada al trabajo de la tierra, a la crianza de animales y, sobre todo, a la arriería. La conciencia ambiental y las políticas seguidas desde esa misma época pusieron freno a las otras actividades que configuraban la base económica de la vida en el valle: la leñería, la recolección de tierra de hoja y la producción de carbón.

Las transformaciones territoriales devenidas de la expansión del capital se suman tanto a la sequía como al apresamiento de las aguas y al calentamiento global para configurar un escenario de escasez hídrica que, en la última década, provoca una dramática baja en la ganadería, actividad que históricamente se desarrolló como protagónica en la zona, lo que hizo desplegar una red de esfuerzos para una reinvención productiva (Calderón, 2014; Góngora y Borde, 1954).

En este escenario de constricción territorial, la población local no tenía otras posibilidades que no fueran las de migrar, reorientarse hacia empleos de servicio -incluyendo trabajos domésticos y turismo- o reacomodarse a nivel territorial para mantener niveles de autosuficiencia y autonomía, contexto en el que la apicultura aparece como una de las alternativas más viables. Como lo señala un apicultor: “No, no los vamos a dejar [a los animales]. Pero hay que elegir algo, yo elegí las abejitas” (extracto de entrevista a un apicultor de Colliguay, febrero de 2016). Lentamente se reemplazaron el ganado y los cultivos por las abejas, cuyos coloridos cajones, donde se almacenan panales cargados de miel, se distribuyen en el valle, contrastando con el color arcilla de los cerros y los parches verdes de la vegetación esclerófila que allí crece. Al mismo tiempo, los afectos se fueron reposicionando. “Yo prefiero a mis abejas a otros animales; yo a ellas las alimento cada ocho días y me producen” (extracto de entrevista a un apicultor de Colliguay, febrero de 2016), reconoce uno de los entrevistados.

Figura 2

Apicultura y vegetación en Colliguay.

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Fuente: Croquis de la residencia de un apicultor. Cajones, vegetación y el cerro. Elaborado por Patricio Aravena, febrero de 2017.

Figura 3

Hábitat para la crianza animal en Colliguay.

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Fuente: Croquis de residencia ganadera. Elaborado por Patricio Aravena, febrero de 2017.

En efecto, la apicultura se ha convertido en las últimas décadas en una de las principales producciones de Colliguay, desarrollada principalmente al alero de la promoción estatal mediante programas de fomento productivo asociados al Ministerio de Agricultura (Minagri) y, en particular, con iniciativas del Instituto de Desarrollo Agropecuario (Indap) y del Programa de Desarrollo Local (Prodesal).

El cambio de escala de actividades que, como la arriería o la agricultura, se despliegan en grandes o medianas extensiones de terreno supone el tránsito a un mundo que hasta entonces, para los ahora apicultores, resultaba desconocido. En la figura 2 se aprecian las características del espacio residencial de un productor agrícola contemporáneo en Colliguay, que marcan la diferencia de magnitud con respecto a las dimensiones en que se plantea la vida residencial y productiva de un ganadero, como se aprecia en la figura 3.

Con las características descritas en la figura 3, los predios, dada la declinación de la ganadería, se vuelven residuales y tienden a ser desplazados por las actividades asociadas al turismo, segundas residencias y demás actividades propias de los cambios ocurridos en los últimos decenios. En este contexto, el acomodarse ya no se restringe al manejo del ganado, a la búsqueda del agua o a la preparación del suelo sino que, por el contrario, a adentrarse en el conocimiento del bosque que siempre estuvo ahí pero, a decir de una de las residentes, “allá arriba”, lejos. Si bien es cierto que las especies nativas como el espino (Acacia caven), el quillay (Quillaja saponaria), el boldo (Peumus boldus) o el peumo (Cryptocarya alba) siempre estuvieron en la localidad, nunca fueron vistas sino como parte del monte o, en su defecto, como una perturbación para la actividad ganadera o agrícola o, bien, como un recurso para la producción de carbón. Ahora estas especies comienzan a formar parte del hábitat. “Si no fuera por esto, no la habría conocido casi nada. Porque uno donde anda viendo cuál es el árbol que puede dar más producto, uno ve una albahaquilla y veo cuánta flor tiene y cuánto trabaja la abeja” (entrevista con un apicultor de Colliguay, febrero de 2016). Otro testimonio refuerza esta idea:

“El colliguay, el boldo, el quillay, el litre, el pasto de primavera también, porque todos dan flores, el yuyo florece un montón, la alfalfa también la trabaja la abeja. El corontillo también es muy bueno, porque es mieloso, la abeja lo trabaja harto. La mayoría de los nativos los trabaja harto la abeja. También el romero, que viene ahora, ya está listo para florecer. [¿Los principales?] El almendro, el colliguay y después el quillay y el peumo, por lo mielosos. A mí me conviene el árbol nativo para la abeja” (entrevista con un apicultor de Colliguay, febrero de 2016).

En tanto que el afecto -otrora radicado en los animales- es desplazado, bajo las nuevas circunstancias, por las abejas: “Es el mosquito más inteligente que nos dejó el Señor, imagínese usted si es tan chico y nos da la vida cuando nos da la producción, es una maravilla” (entrevista con una hilandera de Colliguay, julio de 2016). Son éstas las especies que provisionan a las abejas para su alimentación. De allí que las encuestas realizadas a los apicultores tuvieran como principal resultado la vinculación de la apicultura con el interés, valoración y conocimiento sobre las especies esclerófilas que crecen en la zona. Y son las que en cierto modo determinan la organización del hábitat, tal como se muestra en la figura 2.

El hábitat de los apicultores se contrae, las distancias se acortan y el espacio se vuelve en conglomeración. Las colmenas se hacen parte de la residencia y ésta, a su vez, comienza a acoger al bosque, en contraste con los claros que exige el manejo de animales mayores. De hecho, en Colliguay la totalidad de los apicultores afirmaron conocer el bosque exclusivamente por dedicarse a la apicultura. Las abejas resultaron ser, en este reordenamiento de la vida local, las guías u orientadoras. A través de la identificación de las especies arbóreas y arbustivas, de sus períodos de floración -especialmente importantes para marcar el ritmo de las temporadas de producción- y de los lugares donde se dan, el bosque se va haciendo parte del cotidiano de los productores de la misma manera como ellos se hacen parte del bosque. Una mutación semántica se ha producido en el sentido y significado del lugar, ya que el matorral se vuelve hogar. Semejante mutación no es posible sino como un involucramiento práctico en una actividad que demanda, en su base, una relación de cariño y cuidado de la especie con la que se convive. El vínculo personal que establecía el arriero con sus animales y que se desplegaba -y aún se despliega- en el vasto mundo de la montaña es ahora en parte sustituido por las laderas y esteros donde se emplazan los cajones que dan una nueva vida al valle. En este giro se ha acogido al bosque como parte del entorno de vida cotidiana de los productores locales.

Las antiguas escalas del arrierismo, de las que aún sobreviven algunas, planteaban un uso del suelo marcado por hitos y circuitos acordes a las dimensiones de los animales y de sus necesidades. El plano del emplazamiento de un corral de animales, tal como se muestra en la figura 4, es testimonio de la escala que gobernó la vida en la localidad por cientos de años.

Figura 4

El corral de los animales.

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Fuente: Croquis de la vivienda de un ganadero de Colliguay. Elaborado por Patricio Aravena, febrero de 2017.

Este acercamiento práctico, afectivo y semiótico de los apicultores hacia el bosque nativo opera en dos sentidos. En primer lugar, el sentido de residencia extiende la mirada y prolonga los pasos de los moradores hasta abarcar las especies vegetales que son el soporte de su actividad; extiende su mirada sobre la residencia hasta llegar a las especies nativas que están en sus alrededores, especies que han aprendido a observar, identificar y cuidar. Las abejas se movilizan, según los encuestados, hasta 3 kilómetros en busca de alimento. Esto sensibiliza a los apicultores respecto de qué tipo de vegetación existe en este perímetro y los invita a recorrer, reconocer y apropiarse simbólicamente del bosque como el hábitat tanto de ellos como de sus abejas. El siguiente extracto de una entrevista es decidora sobre esta nueva forma de relación entre el humano y el bosque:

“Es que uno como que les toma más cariño a los árboles, porque sabe que le dan productos. Antes no, antes era el árbol no más. Antes, cuando yo estaba chico. Y antes los explotaban aquí, hacían carbón, en eso trabajaba la gente aquí en el campo, haciendo carbón. Y ahora nadie corta. Cambió todo. ¿No se fijó en el camino para acá? Y eso es bonito, que viene gente y ven todos los árboles, rodeado el camino de árboles” (entrevista con un apicultor y comerciante de Colliguay, julio de 2016).

La relación afectiva que se establece con las abejas y con las especies que les proveen de alimento -a propósito de su rica producción de néctar y polen- tiene la virtud de contribuir no solo a la protección, sino que también a la propagación del bosque nativo, toda vez que los productores se ven motivados a plantar nuevos especímenes. Así, los apicultores de Colliguay han comenzado a traer el bosque a sus domicilios. De esta manera comienza a tejerse una red de vínculos afectivos, ya que se conoce el bosque, se lo acerca y se lo quiere.

La intimidad con las especies nativas se ve, pues, posibilitada por la invitación de la apicultura a reconocer y apropiarse tanto práctica como simbólicamente del bosque, incorporándolo en una nueva escala a su vida cotidiana. La importancia de la especie comienza a cobrar vida como parte de la identidad del apicultor y, al ocurrir así, la relación comienza a adquirir dimensiones cruciales para la sobrevivencia del patrimonio ambiental. En el paso de la indiferencia al afecto cambian los significados de los árboles y de los otros seres vivos. En el pasado, el cálculo se fundaba solo en los réditos o costos económicos que tuvieran los matorrales y arboledas; hoy, en cambio, significaciones más complejas e íntimamente comprometidas con aspectos de bienestar personal, estéticos y de sensibilidad medioambiental comienzan a reclamar su presencia en la geografía local. Y en un contexto de crecientes constricciones hídricas, las abejas empiezan a ser vistas como presagios de los períodos venideros: “Mi hermano Fernando”, señala una de las hilanderas, “me dice: ‘Mira, Nelly, cuando se mueran las abejas nos quedan dos años’. Las abejas polinizan todo. Es importante ese bichito” (entrevista con una hilandera de Colliguay, septiembre de 2016).

De hecho, la totalidad de los interlocutores considera muy relevantes las actividades de resguardo del bosque nativo, ya sea a través de la educación y prevención sobre incendios forestales, como otros cuidados a los árboles que aseguren su crecimiento y reproducción. “Sin árbol nativo no hay miel” (entrevista con un apicultor de Colliguay, febrero de 2016), afirma uno de ellos. Su entorno vegetal deja de aparecer como alimento para el ganado y comienza a poblarse, a nombrarse y a quererse.

Esto no quiere decir que la dimensión productiva de la apicultura no sea protagónica en los discursos y valoraciones. A la pregunta acerca de por qué se dedica a esta actividad, un productor no duda en responder: “Es una cuestión económica, lo que más deja es la apicultura. Porque la abeja no da solo la miel, da polen, la cera, el propóleo, el que quiere [ también obtiene la] jalea real (entrevista con un ex dirigente de una asociación apícola, julio de 2016). La diferencia radica en la interacción de esta actividad con otras desarrolladas en la zona, que la hacen incorporarse a un enjambre de prácticas y representaciones que promueven el cuidado y apreciación, como por ejemplo el turismo. Esto porque del bosque depende la llegada de poderes compradores de miel a Colliguay, mientras que el turismo solo se verá posibilitado por un atractivo paisajístico para el cual el bosque nativo es clave.

Tales afectividades se transforman también en relaciones personales con los habitantes arbóreos cercanos. Al traerse el bosque al domicilio se le cuida y atiende. Y el predio, la residencia comienza a refigurarse en torno a esta nueva relación. “No, tenemos unos pocos árboles para nuestro consumo no más”, señala un entrevistado. “Trabajo un poco el almendro para las abejas. También un poco de nueces” (entrevista con un apicultor y productor frutícola de Colliguay, febrero de 2016). Se planta en función de las necesidades de las abejas. Al mismo tiempo, una productora de lácteos relata que “yo ahora tengo a mis animales encerrados, no los echo al campo. Acá los veo, les doy su alimento, tengo la leche, el queso, veo todo lo que necesitan” (entrevista con una productora de lácteos y apicultora, julio de 2016). Asimismo, consideraciones estéticas pasan a formar parte de la disposición de las plantas en las residencias, conjugándose en estas formas las necesidades alimenticias de las abejas, de las personas así como la ecología general de la zona (figura 5).

Figura 5

Complejo residencial y vegetación.

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Fuente: Croquis de una vivienda de un apicultor en Colliguay. Elaborado por Patricio Aravena, febrero de 2017.

En la figura 5 se aprecia la coexistencia de varias lógicas asociadas a las transformaciones territoriales en el valle. La casa comienza a parecerse al bosque pero incorpora y mezcla otro tipo de vegetación: plantas ornamentales, otras de interés apícola y otras para el consumo doméstico. Al interior de la residencia, los circuitos cotidianos se van grabando en el suelo al modo de senderos microscópicos que manifiestan la presencia solidaria de abejas, seres humanos, plantas y árboles. En la figura 5 también se puede apreciar el entrevero de escalas y espacios entre los que se movilizan los afectos y símbolos en la reconfiguración ganadera-apícola de Colliguay. Al observar esta disposición espacial de un terreno donde conviven funciones comerciales y residenciales, se aprecia cómo comparten espacio las abejas, plantaciones frutales y ornamentales en forma de sendero, siempre rondando a las demás habitaciones y los diversos usos de la residencia, lo cual contrasta notablemente con el despliegue del habitar criancero, donde las trayectorias son huellas de escala media. También se puede observar la integración de la residencia con otras escalas y dinámicas vegetacionales. En la vista de perfil (figura 6) se observa cómo la casa se extiende desde la entrada y las funciones domésticas, hacia la apicultura y el contacto con el cerro y la vegetación del bosque esclerófilo. De tal forma, son las abejas quienes traen una parte, un micro cosmos del bosque, al domicilio, conjugándose así nuevas formas de convivencia mediante el conocimiento y el afecto con el ambiente del cual los apicultores y las abejas son parte.

Figura 6

Perfil y emplazamiento de residencia.

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Fuente: Residencia de un apicultor. Croquis elaborado por Patricio Aravena, febrero de 2017.

Estos afectos tienen la consecuencia de movilizar prácticas y sentidos de pertenencia entre los apicultores. Así, tanto desde una lectura inspirada en la obra de Certeau (1984) sobre el desplazamiento, la cultura y las prácticas, como en línea con otras investigaciones etnográficas sobre la proyección de prácticas en el espacio a través de los afectos, se constata que la movilidad como objeto de interés investigativo tiene relación no solo con el desplazamiento de personas y objetos sino que delata un frágil entrelazamiento entre el movimiento, las prácticas, las representaciones y otros elementos socioculturales (Cresswell, 2010; Voiculescu, 2014).

Fruto de la presencia de este núcleo de actividad comienza a reformularse la identidad territorial. No es que los íconos del pasado ganadero se abandonen, ya que el rodeo, los jinetes y los animales siguen siendo un componente identitario no menor. La reducción de su base, la masa ganadera en que se sostenía este edificio simbólico, da pie a la espectacularización de la actividad más que al sentido de fiesta comunitaria que tuvo en su origen. Pero ya no es el eje único de una identidad territorial que ha abierto sus puertas a nuevos componentes del ambiente y, muy particularmente, a los árboles nativos y a la producción melífera. Si hay algo que se destaca en las conversaciones y encuestas sostenidas con los productores y otros residentes es el énfasis que se pone en la miel de Colliguay, denominación que a veces es inescrupulosamente falseada por productores de otros lugares. La miel, el agua y la vegetación nativa se constituyen en un nuevo horizonte territorial que da forma y vida a Colliguay. En consecuencia, los viejos lugares han debido transformarse a objeto de seguir siendo lugares para quienes persisten en su residencia. La habitabilidad resultante es otra, pues adquiere ribetes de un mosaico de pequeñas piezas de una hectárea entreveradas con parcelas de agrado, campings para turistas, plantaciones de nogales, campos de cultivo y una reducida masa ganadera que anualmente es arreada hacia las zonas cordilleranas durante las veranadas.

A modo de cierre: Las otras residencias en el bosque. La Apis Mellifera como mediadora y facilitadora de los afectos y saberes

La comprensión de los procesos residenciales y, en general, de la habitación del mundo se vuelve legible al transitar desde el producto hacia su producción. En términos de Ingold (2010), la lectura se desplaza de la muerte -lo hecho- a la vida -el hacer- y con ello se abren nuevas posibilidades para entender el mutuo involucramiento de las especies en el establecimiento de sus residencias. Al dirigirse la mirada hacia el hacer no se pueden eludir las concomitantes emocionales a partir de las que se construye el ser en el mundo. Así es como, siguiendo a Guinard y Tratnjek (2016), se consolidan las emociones como legítimo y necesario objeto de interés para las ciencias sociales, como un fenómeno siempre en movimiento que demanda nuevas escalas y estrategias de análisis.

Las perspectivas, tanto de Ingold como de Lazzarotti, se focalizan en el ser que habita, en el habitante, complejizando la pregunta acerca del cómo el ser humano es en el mundo con la interrogante simétrica: ¿cómo es el mundo en el ser humano? La ciencia que toma a su cargo esta última pregunta no es una contemplativa sino la que lo vive, la perspectiva que Ingold denomina como la de los mundos de vida, perspectiva que está inserta “en el devenir de la vida misma” (Lindón, 2014, p. 57). Tal lectura en clave procesual, como bien advierte Lazzarotti (2015, p. 336), invita permanentemente a reunir a las ciencias sociales bajo la pregunta por el habitar, donde se deshacen las estructuras rígidas mediante las cuales con anterioridad se ha buscado capturar la respuesta, tales como la distinción entre innato y adquirido, entre individual o colectivo, así como también entre lo sensible y lo racional.

La transformación de las prácticas productivas de los pequeños propietarios rurales en un contexto de reestructuración global de la economía pone en evidencia la naturaleza dinámica de los procesos de lugarización, a la vez que ofrece un modelo de habitabilidad para encarar los escenarios de diversidad que caracterizan el mundo contemporáneo. La reorientación productiva releva, además, la habitabilidad como el fruto de los procesos dinámicos desencadenados por los propios actores en sus esfuerzos por establecer sus residencias en el mundo. Más allá de esta constatación inicial, hay en la experiencia aquí visitada importantes pistas para entender, por una parte, los núcleos emocionales desde los cuales la habitabilidad se hace posible y, por la otra, una apertura a reposicionar la relación entre los seres humanos y las cosas, restando protagonismo a los primeros y reconociendo el involucramiento de otras especies en la construcción de los mundos de habitación humana.

Los resultados de esta investigación subrayan que la reacción con el ambiente está mediada por las emociones que las personas profesan a las especies que se constituyen en aliadas de su quehacer productivo. La cohabitación forjada en torno a esta relación permite configurar un mundo donde las emociones van coloreando el mundo de un modo diverso. Así como la masa ganadera invita a reverenciar los cursos de agua y pastizales de la gran montaña y a temer las nevazones y aludes, las abejas invitan a querer un mundo más cercano y próximo a la residencia, a valorar los árboles y sus floraciones, y a recelar de los pesticidas, de las talas y las especies invasoras.

En este sentido, la experiencia de lugar, como una instancia comprensiva y reflexiva de la movilidad en el espacio, se vehiculiza a través de los afectos. Diversas investigaciones son consistentes con este hallazgo e invitan a comprender la emoción como una forma de ver, organizar y habitar el mundo (De Sousa, 1987), como una herramienta heurística para comprender las orientaciones personales y familiares (Williams, 2001) y, a nivel representacional, como una clave para reconstruir las formas de captación cognitiva del mundo de actores específicos (Thrift, 2004). Tal vinculación ocurre además en el plano de lo cotidiano como temporalidad privilegiada para la producción del hábitat (Lussault, 2015). Como ya se ha planteado, el componente emocional abre un mundo y un derrotero que lleva a generar nuevos conocimientos, nuevas formas de vinculación y nuevas escalas para el despliegue de la actividad humana (Dienno y Thompson, 2013). Es interesante agregar a ello que estos procesos no se ciñen a una dimensión puramente humana, sino que en su orientación inciden otras especies y los ambientes resultantes de sus interacciones. El espacio emocional desborda, pues, el ámbito humano.

Es significativa, en el caso estudiado, la plasticidad con que las nuevas prácticas residenciales se articulan con las precedentes, estableciéndose dominios afectivos coexistentes que permiten complejizar pero no debilitar la identidad local. La escala de los arrieros da cuenta de una afectividad que se despliega en un vasto territorio y que, pese a la disminución de animales, sigue prevaleciendo como un ícono de la comunidad. En este contexto, la actividad de los apicultores y su expresión paisajística adquiere el carácter de incrustaciones en un medio donde coexisten diversas formas de vivir lo contemporáneo (Galleguillos y Ojeda, 2016). En este sentido es clave considerar que, como trasfondo de esta heterogeneidad, prevalece un espacio emocional común, que sirve de soporte y anfitrión para una y otra práctica. En este contexto es pertinente reconocer la existencia de tonalidades afectivas diferenciales que dan cuenta de las diversas maneras de vinculación con el territorio, cada una de las cuales se extiende sobre la base de un proceso de constante diálogo con el lugar y negociación de la experiencia del habitar, sin por ello poner en riesgo lo que es el patrimonio común (Voiculescu, 2014).

En la experiencia de los apicultores de Colliguay, en un contexto de reestructuración global, se revela el papel que las escalas juegan en la constitución de lo contemporáneo y de las posibilidades de avanzar hacia su coexistencia, incluyendo la protección del patrimonio natural. Como se señaló antes, el tránsito del ganado a las abejas -o de la semilla al polen- representa un salto vertiginoso en que la amplitud de la vida diaria se reduce drásticamente pero se hace más profunda la vinculación, ya que los recursos distribuidos en extensas superficies ahora se contraen y se ponen a disposición inmediata del productor. Esta transformación no solo entraña nuevas formas de movilidad y de involucramiento de las personas en el medio, sino que modos igualmente renovados de metabolismo socioambiental y de vinculación estructural. Desde el punto de vista de los residentes, el bosque antes externo hoy se vuelve interno y los lazos afectivos se proyectan sobre aspectos otrora ignorados del medio. Para fines de la protección del bosque nativo, esta es una forma ideal de cohabitación con la especie humana, bastante menos lesiva que la que se produce con la creación de las parcelas de agrado, que parten por “clarear” el bosque, o inocua si se la compara con la actividad minera.

Es interesante subrayar, a modo de conclusión, que la experiencia de los apicultores abre posibilidades, también, para la emergencia de mosaicos territoriales donde las distintas formas de articularse con el medio encuentran expresión, siempre y cuando se garanticen los derechos para que ello ocurra. En un contexto dominado por grandes intereses económicos resulta evidente que el libre arbitrio del mercado no garantiza ni el agua, ni la tierra, ni un ambiente libre de contaminación, ni la existencia del bosque nativo (Bauer, 2002). La ausencia de regulaciones representa una amenaza constante para la emergencia de mundos de vida en contextos cada vez más agobiados por las demandas que se constituyen en relación con sus recursos.

Agradecimientos

Se agradece la colaboración de los interlocutores de la comunidad de Colliguay. También se extiende el agradecimiento al antropólogo Patricio Aravena por su colaboración en la elaboración de los croquis aquí incluidos. Finalmente, se valora el trabajo de los pares que tuvieron a bien revisar este artículo, cuyas correcciones fueron incorporadas íntegramente al mismo. Este artículo se desarrolló en el marco del Proyecto Fondecyt F1140598, “Antropología del bosque”.

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Notas

2 Usamos aquí el concepto de seguridad ontológica para hacer referencia “a la confianza que la mayoría de los seres humanos depositan en la continuidad de su auto identidad y en la permanencia de sus entornos, sociales o materiales, de acción” (Giddens, 1994, p. 92).

Notas

3 Debe recordarse que “las propiedades de los objetos geográficos emergen o se visualizan de forma diferente de acuerdo con el nivel en el que el geógrafo lo define” (Ruiz y Galicia, 2016, p. 138).


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